Somos multitud: reseña de "El libro de las larvas", de Marion Zilio

Los animales entraron por primera vez en la imaginación como mensajeros y promesas.

John Berger, ¿Por qué miramos a los animales?

 

El libro de las larvas (Cactus, 2022), de la crítica de arte y ensayista francesa Mario Zilio, aborda un “síntoma” contemporáneo en el campo del arte, que aparece como comentario o construcción de una estética naturalista. Desde esta premisa, y sirviéndose de los prodigiosos entrecruzamientos entre estética, cultura visual y ciencia, la autora va hilando un ensayo mutante, con vaivenes y preguntas de cara a nuestra época, el Antropoceno/Capitaloceno. ¿Qué sucede hoy con aquello que ha quedado tradicionalmente reducido a los márgenes de la visualidad y de la representación? Zilio parte de una exploración microcósmica: no se trata de mirar hacia afuera y a lo alto, sino de voltear la mirada hacia adentro y hacia lo que yace debajo de nuestros pies. ¿Qué nos pueden decir las larvas —y aquello históricamente considerado inmundo— sobre la propia mirada y sobre nuestra propia condición en el capitalismo de vigilancia? 

¿Cómo construir una epistemología a partir de aquello que se ha relegado a los márgenes, de aquello que no tiene –supuestamente– mirada, subjetividad, luz?

En la maraña teórica de discusiones frente al concepto del Antropoceno(*), Zilio adopta la versión de Donna Haraway, quien postula la idea de Chthuluceno, un término que da cuenta de su raigambre literaria en un personaje de H.P. Lovecraft. Pero también, y sobre todo, de su referencia a lo ctónico, es decir, aquello “perteneciente a la tierra”, al inframundo, a las fuerzas telúricas. El Chthulceno marcaría entonces una suerte de condición de posibilidad para mirar desde abajo.

En compostaje con las ideas de Donna Haraway, Zilio postula la necesidad de contrarrelatos: no se trata de buscar historias en la cúpula, no son las alturas luminosas de un espíritu que se presenta etéreo y fuera del cuerpo donde hay que buscar. Parafraseando a la autora, transformar el mundo implica volver a verlo, tocarlo, escucharlo, volvernos permeables a lo que en él se manifiesta y a quienes se expresan en él, buscando la voz que surge de lo bajo y lo ordinario.

El libro de Zilio se compone de tres partes que van y vienen construyendo historias sobre la mirada, el arte y la ciencia. En la primera de ellas, la autora señala cómo el hombre “Fascinado por su propio poder, su conciencia y su existencia superior, (…) se aisló de un ecosistema al que no paraba de domesticar y explotar como recurso”. Así, el hombre Occidental moderno construyó su propia individuación y su identidad, así como el conocimiento y su poder en base a la ficción de su propia autonomía, considerándose una criatura independiente y superior al resto.

Antes del surgimiento del cine a fines del siglo XIX, los vivarios y acuarios que proliferaron durante el siglo XVIII funcionaban como “proto-reality shows”, dispositivos de exhibición de mundos en miniatura y de imágenes en movimiento. Estos dispositivos ofrecían la ilusión de transparencia y de acceso soberano sobre la naturaleza, generando una dinámica en la cual el sujeto ejercía una mirada que reproducía la lógica positivista de control y dominación sobre la naturaleza. 

A su vez se desarrollaban la ciencia cartográfica, la cuantificación del tiempo a través de los relojes y la perspectiva. Cuando Giotto, en el siglo XIV, desarrolla la perspectiva, esta respondía a aquella necesidad de apropiación simbólica de la realidad sensible. Si lo viviente y lo real son imprevisibles y mutables, la perspectiva matemática podía romper con esa imprevisibilidad construyendo un espacio de figuración en el que todo es visto desde un único punto de vista.

Ahora bien, en el siglo del Antropoceno, en este punto sin retorno, dice Zilio, quienes estamos dentro de la vitrina/vivario/acuario somos nosotros mismos. La moderna polaridad entre sujetos y objetos ha cambiado y se ha complejizado. Hoy ejercemos una fingida autonomía frente a las redes de control que, mientras se presentan como transparentes, están más que nunca sujetas a los deseos del capital. Regalamos nuestros datos a cambio de una satisfacción inmediata, en detrimento de nuestra soberanía y potencia como sujetos. Es aquí donde la figura de la larva puede auxiliarnos filosóficamente, prestándonos la posibilidad de mutar, devenir y ser plásticos, incluso en nuestra impotencia.

Zilio toma como ejemplo esta suerte de dropping painting con caca de pájaros encerrados. Su encierro “podría leerse como una metáfora de nuestra condición” (Pág. 19)

Así como los vivarios mostraban y a través de ello construían aquella polaridad positivista entre sujeto y objeto, en la lógica del saber-poder, lo que se devela se funcionaliza. La razón del sujeto soberano construyó los relatos y las epistemologías dominantes: el hombre moderno occidental se posicionó así en el centro del mundo, “aprendió a dudar de sus percepciones por considerarlas subjetivas”, y la ciencia se desligó de lo sensible mientras el arte y la literatura asumieron los caracteres de subjetividad, belleza y afectividad. 

Asistimos hoy a una paradoja entre desmaterialización y omnipresencia, que se manifiesta, por ejemplo, en la red, con sus dispositivos de vigilancia, sus algoritmos y nuestro deseo modelado. La pulida pantalla de nuestro dispositivo predilecto manifiesta su carácter etéreo mientras se yergue como el dispositivo de (bio)control por excelencia. ¿Cómo podemos transformar algo de lo invisible en presencia? Marion Zilio encuentra en el arte aquello capaz de revelar lo que nosotros mismos no vemos. El arte, en algunas de sus manifestaciones contemporáneas, permite generar contrarrelatos que nos hacen volver a ver, tocar y escuchar de manera permeable lo que en el mundo se manifiesta para transformarlo. 

Si en la occidentalidad moderna se instituye una lógica de saber-poder, ligada a los dispositivos de la mirada y del control, hoy, a través del arte, podemos ensayar una lógica alternativa del conocimiento. Esta lógica, que Zilio encuentra en varios objetos artísticos, propone un conocimiento capaz de construirse a partir de los afectos, donde conocer, al fin y al cabo, es individuarse mediante el contacto y las transformaciones recíprocas. Se trata de una apuesta al devenir con otros, a cohabitar, co-evolucionar, componer y compostar.

Codex Seraphinianus. Uno de los ejemplos visuales que incorpora Zilio es esta enciclopedia surrealista que hibrida identidades e inventa su propio lenguaje. Su autor es Luigi Serafini (Italia, 1949).

“El hombre logró elevarse así por encima de todas las entidades que componen el mundo y olvidó que compartía con el humus la misma raíz que significa tierra”

Esta necesidad de contrarrelatos precisa voltear la mirada hacia aquello siempre obliterado. Lo inmundo constituye la mitad de la materia de la vida, ¿por qué excluirlo?

En la segunda parte del libro, la autora aborda finalmente a las larvas, las “criaturas del barro”, personajes ctónicos y silenciosos capaces de generar contrarrelatos. En occidente, desde la Antigüedad clásica, la vista ha sido el sentido privilegiado, que elevó al hombre por sobre las demás entidades que componen el mundo. Las criaturas que se arrastraban por el suelo, incapaces de acceder a la luz o al color (lombrices, gusanos y otras larvas), no eran consideradas criaturas de dios.

Instalación de Pierre Huyghe: After ALife Ahead / Skulptur Projekte Münster 2017. En esta obra, dice Zilio, “todo está destinado a la variación y la inestabilidad permanente”

Sin embargo, por un lado, las lombrices, así como otras criaturas de la tierra, componen con su medio de manera permeable, transformando materia orgánica en abono. A través de estos organismos, se metabolizan las sustancias pútridas. Las lombrices son el ejemplo paradigmático de un animal que da cuenta de que el entorno está vivo y de que la propia vida es el resultado de una sim-bio-génesis. Las lombrices y las larvas nos presentan un devenir con otros que se inscribe en “acoplamientos constantes de ingestión, ingurgitación, parasitismo, contaminación, oportunismo o complicidad, y ya no de autopoiesis (creación autónoma)”. Pero esto, y este es el punto central del libro, es en realidad una constante en todos los seres vivos, aunque culturalmente nos hayamos alejado por completo de esta concepción de acuerdo con la ficción de autonomía antes comentada. Así como la famosa teoría endosimbiótica de Lynn Margulis (**), que buscó las interrelaciones presentes en las unidades mínimas de vida, las lombrices pueden decirnos mucho más acerca de nosotros mismos que de una aparente “naturaleza” construida en su oposición.

Por otro lado, hay algo de lo queer (con su carácter inestable y en constante devenir) que, quizás sin buscarlo, se cuela en el libro de Zilio. La raíz latina del término larva designa lo espectral, lo fantasmagórico, el devenir constante y mutante de un modo de vida que no logra encasillarse en el aspecto “acabado” de su propia especie. Así, además de la simpoiesis (crear con otros), la figura de la larva “remite al simbolismo de lo inacabado, lo imperfecto, lo feo, lo liminal o la muerte, al mismo tiempo que pone en marcha el relato de un continuum que circula entre la vida y la muerte, lo animado y lo inanimado, el ser y el no ser”.

Biológicamente, las ninfas y larvas tienen un sentido “ilusorio”, dado que son formas de vida transitorias y latentes entre dos formas de vida, mientras lo “logrado” o “acabado” es la forma adulta que da nombre a la especie.

Y el capitalismo, dice la autora, se presenta como impotente ante una vida si esta se aparece como fuerza mutante y en permanente des-identificación. Si en cada instante nos convertimos en algo diferente de lo anterior, los mecanismos de captura del capitalismo trastabillan.

Ahora bien, la elaboración de esta reseña, y la lectura repetida de este libro, me deja con el sinsabor de una pregunta que retorna, y que busca separar la paja del trigo en términos de la teoría producida en Europa y su posible funcionamiento (o no) en el ámbito local. ¿Hasta qué punto devenir un supuesto ser larvario y mutante puede ser una preocupación que nos concierne, o un mecanismo de resistencia adecuado para nuestros territorios frente al capitalismo? América Latina, lejos de haber estado posicionada históricamente en el ilusorio lado de la pureza del hombre occidental moderno, ha sido desde la colonización la tierra híbrida, mestiza, hedionda (al decir de Rodolfo Kusch) y barroca, y aún así continúa siendo foco del saqueo capitalista. ¿Qué alcances poseen, en nuestros territorios, estas preocupaciones que, aunque bienintencionadas, siguen sonando un tanto ajenas?

 

 

(*) El diagnóstico da cuenta de un daño infligido sobre la tierra y todos sus ecosistemas –en el más amplio sentido del término– que se nos presenta insostenible y que implica la configuración de posibles nuevas epistemologías.

(**) Hace más de 40 años, la investigadora estadounidense Lynn Margulis postuló la teoría endosimbiótica, que buscaba explicar el origen de algunas organelas celulares como las mitocondrias y los cloroplastos. Su teoría revelaba que, hace más de 2500 millones de años, algunas células procariotas utilizaban el oxígeno para sus procesos metabólicos, algo que les otorgó una ventaja evolutiva (frente a las células de metabolismo anaeróbico) debido a la abundancia de este gas en esa atmósfera. Estas células fueron luego fagocitadas por células de mayor tamaño, aunque sin un proceso de digestión posterior. El manual Curtis de biología nos recuerda: “Algunas de estas asociaciones simbióticas habrían resultado favorables: los pequeños huéspedes aerobios habrían hallado nutrientes y protección en las células hospedadoras, mientras que éstas obtenían beneficios energéticos de sus huéspedes. Esto les permitió conquistar nuevos ambientes. Así, células procariontes respiradoras originalmente independientes se habrían transformado en las actuales mitocondrias.”

La imagen de la portada es de autoría del naturalista Ernst Haeckel. Disponible en https://arquitecturaviva.com/articulos/ernst-haeckel

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