Dos Navidades, una película: Rocky de Stallone

Las referencias alrededor de la figura de Rocky Balboa abundan en la cultura popular, pero pocas advierten sobre lo adorable que es este personaje. Una película de bajo presupuesto y pocas pretensiones que se convirtió en un clásico indiscutible. Gracias al emblemático Italian Stallion parece posible descubrir una idea sobre el éxito que se acerca más a la victoria amorosa que a sumar los puntos necesarios para ganar una pelea.

La navidad de 2018 fue la primera que pasé sola con mi papá. Del lado materno, la familia es más judía que otra cosa entonces el arreglo quedó implícitamente así: año nuevo con mamá, navidades con papá. Él es una persona que con los años devino más bien solitaria, y hace unos años dejó de importarle cultivar vínculos familiares estrechos. Nuestro plan era embriagarnos y comer porquerías en un bar cerca de plaza Serrano, a unas cuadras de su casa. Estábamos rodeados de la clásica fauna palermitana, gringos y borrachos sin casa, y por algún motivo la tele del bar estaba dando una repetición de alguna edición pasada de la UFC. Siempre sentí una especie de rechazo por los deportes de combate, pero aquella noche el brillo de la pantalla me sedujo a ver esas peleas, un poco perturbadoras, en las que se dan con de todo. Mi viejo siempre me habló del boxeo con una fascinación con la que yo nunca terminé de empatizar. Dice que bien ejecutado es el deporte perfecto.

Con muchos grados menos, también es navidad en Philadelphia a finales de 1975 mientras Rocky Balboa entrena al ritmo de este eterno hitazo inconfundible. Ese resumen de todo su entrenamiento concentrado en una canción marca profundamente la historia de las imágenes. La existencia de Rocky invoca ese componente nostálgico necesario que representa la figura del boxeador, un ídolo algo vintage para estas épocas. Un deporte que parece no poder existir sin que los veteranos aconsejen a los principiantes: es fundamental transmitir el valor de la perseverancia, y sobre todo, de la experiencia a las nuevas generaciones. Mi viejo me cuenta que tuvo la suerte de ir con su padre al Luna Park a ver pelear a los mejores del momento, en sus palabras, “como una ceremonia pagana inigualable”. Difícil tarea la de distinguir cuánto hay de nostalgia y cuánto de amor en la constitución de las mitologías que nos rodean. Esa tensión irresoluble es la misma idea que aparece cuando escuchamos una y otra vez las anécdotas de nuestrxs xadres y abuelxs, mientras sonreímos y asentimos sin pensar demasiado.

El cine también opera como ese entramado de recuerdos ajenos y propios que se entremezclan, permitiéndonos inventar las coincidencias que se nos antojen entre las cosas que aprendemos a querer y aquellas que querremos para siempre. La obstinación de mi progenitor sobre algunas cuestiones fundamentales para él a lo largo de mi crianza ha dado sus frutos, y hoy puedo decir que comprendo mejor la naturaleza de su pasión. Al igual que Adrian -la impecable Talia Shire- en Rocky (1976), yo también me he preguntado siempre: ¿por qué alguien querría ser boxeador? Definitivamente, parece que hay que ser un idiota para entregarse a ser cagado a trompadas por tantos minutos seguidos. Sin embargo encuentro ahora algo intrigante, cautivador, en la posibilidad de que un cuerpo humano se someta a todo eso, que sea capaz de tal destreza, y que ante todo insista a pesar de estar a punto de desmoronarse. Además de la forma de ver algunas cosas del mundo por la que a diario culpo a mi padre, el responsable final de encontrarle el sentimentalismo definitivo a todo este asunto es, por supuesto, Sylvester Stallone.

Rocky es una película sobre boxeo, pero sin dudas las escenas sobre el ring son menos de las esperables. Rocky Balboa viste como un modernizado galán de cine noir, que conserva el sombrero pero reemplazó el trench coat por una campera de cuero. Con su forma de andar tan particular, respingada pero consistente, se frena en la vidriera de una veterinaria para saludar a unos cachorros. También tiene dos tortugas y unos peces. Es el típico chico con más músculo que cerebro, como esos bombones deportistas de las high-school movies. Su torpeza es coherente con su contextura física, como si con ese cuerpazo no se pudiera actuar de otra forma. Es torpe también porque hace mucho tiempo le gusta Adrian, la chica que trabaja en la veterinaria, y se comporta como un adolescente hablándole sin parar cuando finalmente la convence de salir con ella. La ternura y la torpeza como dos caras de la misma moneda. Los diez minutos que se toma la película para mostrar esa primera cita parecen multiplicarse en la tensión que manejan los nerviosos personajes. Sobre todo ella, con una timidez que de a poco se disipa, complementando la verborragia desmedida del tosco muchacho. Después de ese primer beso, Adrian y Rocky se vuelven inseparables y no hay lugar para dudar sobre este gran amor.

Si todo esto fuera la introducción del personaje principal en una película de Nora Ephron, seguro suspiraríamos convecidxs del potencial boyfriend material de ese joven tan guapo, dedicado al cuidado de sus exóticas mascotas en su departamento de soltero. En esos términos, la introvertida Adrian parece cumplir con las características ideales para caer en los brazos del galán. La cercanía de esta historia con la comedia romántica que explota en Hollywood unos años después, también encuentra sus motivos en el realismo ingenuo que propone. La estructura de la película se sostiene a partir de un golpe de suerte imposible: el campeón mundial Apollo Creed le propone pelear a Rocky, cuya carrera deportiva estaba en franca decadencia. Mientras tanto, todo necesita nutrirse de la relación entre los dos jóvenes enamorados. Para ellxs todo fluye naturalmente sin pretensiones grandilocuentes. La felicidad se resguarda en la calidez mundana del hogar.¿Por qué te gusta mi hermana?” le pregunta en un momento Paulie a Rocky con tono asqueado, entre reses congeladas colgadas de ganchos: “Rellenamos vacíos. Ella tiene vacíos, yo tengo vacíos. Juntos rellenamos los vacíos”.

e pregunto a mi viejo si su fanatismo por este deporte tiene que ver con el peronismo heredado de mi abuelo, obrero hijo de inmigrantes italianos (el típico background). Dice que por supuesto, que es un deporte del pueblo, que hace unos 50 años era casi tan importante como el fútbol o el automovilismo. Los que la pegaban eran pibes humildes que encontraban en el boxeo una oportunidad para “salir adelante” y convertirse en ídolos populares, como el caso del Mono Gatica. Salvando las distancias, Rocky encaja cómodo en este estereotipo: un auténtico “pibe de barrio” con valores claros sobre las buenas costumbres y la importancia de la familia. En la búsqueda por probarse a sí mismo y al resto que no es un “bum” (una palabra muy repetida en la película, que se traduce como holgazán o “pobre tipo”, pero en rioplatense vale traducir como “pajero”) se gana el día a día haciéndole favores a Mr. Gazzo, un pandillero del barrio. Con la propuesta de Creed aparece un gran salto en tanto progreso en su vida profesional. Sin embargo, es en su encuentro con Adrian donde reside la plenitud: ella potencia su deseo de autosuperación y lo motiva a aprovechar al máximo la oportunidad que se le presenta.

Incapaz de conciliar el sueño la noche anterior a la pelea, Rocky decide ir a visitar el gran estadio en el que se enfrentará con el campeón. Vuelve a casa desesperanzado a los brazos de Adrian, reconfirmando su miedo y lo inviable de su triunfo. A pesar de eso comprende que su objetivo es resistir y mantenerse parado, sin ser noqueado, hasta que suene la última campana. Por esto es que los resultados finales no representan una derrota, esa persistencia es suficiente para que todo su esfuerzo valga la pena. Apollo Creed, por su parte, también representa el american dream de manera muy explícita cuando aparece en el ring con todo su merchandising azul, rojo y blanco. Los dos boxeadores son dos formas contrapuestas de funcionar en el mundo. Si bien Rocky aprende de este ideal que le ha exigido tanta dedicación, nada tiene sentido si no triunfa el amor. El éxito individualista de Apollo se reduce inevitablemente a puro show de banderitas y papel picado, y los festejos del oponente se pierden entre la muchedumbre. Entre periodistas desconcertados y rostros anónimos, los gritos de victoria son los nombres de lxs enamoradxs que buscan encontrarse. Una certeza se reafirma a último momento: salir adelante es para él la promesa de una vida con Adrian. Rocky es una película que se encarga de presentar una realidad indisociable entre el sudor y las lágrimas, entre lo emocional y el oficio del deporte.

Creo que finalmente tengo mucho en común con esta famosa historia: parece que usamos de la misma forma al boxeo como excusa para encontrarle sentido a la vida.

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