Un chamanismo cuántico

Dime cómo te imaginas el mundo y te diré en qué orden te incluyes, a qué sentido perteneces” (Severo Sarduy, Ensayos generales sobre el barroco)

Los viajes en el tiempo y las posibilidades de habitar mundos paralelos y alternativos han seducido —y sacudido— nuestro imaginario desde tiempos remotos. Fue la física teórica de finales del siglo XIX en adelante la que precipitó esta fantasía como una alternativa factible, así fuera solo en términos teóricos. El cine, las series y la literatura se han alimentado de este topos durante décadas, y el género de la ciencia ficción encuentra allí una fuente inagotable de imaginación y posibilidades. Como siempre en la historia, los descubrimientos científicos reverberan en formas del imaginario, dialogan y se entrecruzan con las demás tramas sociales. Las producciones simbólicas dan cuerpo y cognoscibilidad al paradigma epistémico/científico de una época.

En Undone, su serie del 2019, Raphael Bob Waksberg (Bojack Horseman) vuelve a sumergirse en la animación para explorar nuevamente, y de manera radical, ya no sólo las posibilidades de lo transbiológico, sino los límites del espacio-tiempo. Oscilando en el angosto espacio que parece separar a la física cuántica del chamanismo, la primera temporada de esta serie ensaya visualmente la complejidad de un universo que se abre y se expande. Como postula aquella teoría según la cual nuestro universo sigue expandiéndose desde una violenta explosión primordial, aquí son los propios bordes del cuerpo los que se difuminan y escapan a toda posible estratificación. Ahí, donde se puede ser imperceptible, donde las fronteras del yo se esfuman, está el núcleo del que surge la potencia de devenir otrx.

Alma, la protagonista, tiene 28 años, un trabajo formal y una pareja bastante estable. Cada mañana se levanta junto a la misma persona, se ducha y se lava los dientes. Con un primer plano frontal que muestra su rostro inexpresivo mientras el fondo fluye (mismo recurso utilizado en Bojack Horseman), Alma amanece y reproduce un gesto tras otro, movimientos agotados por una rutina sin intensidades que roza su inminente fractura.

No hay nada propiamente “malo” en esa vida, pero posiblemente su cuerpo pueda más que permanecer en la inercia y el adormecimiento. ¿Cuáles son las posibilidades de alcanzar un estado alternativo, de dejarse afectar por nuevos estímulos, nuevos cuerpos?, ¿qué discursos, qué procesos son los que permiten estas vías de escape?, ¿qué necesidad había de hablar de cuántica en una nota sobre una serie?

Bueno, la cuestión no es menor: es a raíz de un experimento científico que se produce el primer despertar de Alma. Jacob, su papá, un físico teórico fallecido cuando Alma era pequeña, se manifiesta desde un espacio-tiempo otro provocando el accidente gracias al cual Alma comenzará esta deriva tangencial de su existencia. En sus investigaciones acerca del entrelazamiento cuántico, este muere por causas un tanto confusas y se hace cuerpo no sólo para reconstruir (y destruir) los motivos de su muerte, sino también para revelarle a Alma su posible potencia chamánica heredada de un antepasado nahuatl.

A partir del “accidente”, Alma se sumerge —más a la fuerza que por su voluntad— en visiones y experiencias en las que conviven en un mismo espacio-tiempo la presencia del padre supuestamente muerto y las demás personas “reales”; la rutina laboral que Alma intenta restablecer en vano y, en paralelo, sus escapadas “imaginarias” hacia un mundo espiritual en el que (me tienta decir —paradójicamente—) la propia corporalidad es protagonista. En los nuevos universos, como expresa Jacob, cualquier evento es posible en cualquier momento. En estas nuevas experiencias, la corporalidad de(l) Alma se torna central. Su hipoacusia —de la que se agencia estratégicamente para desligarse del mundo cuando lo cree conveniente— la liga a la potencia de su más inmediata sensorialidad: la escucha se torna una experiencia táctil y fluida en la que la piel —y ya no los oídos— es protagonista. Los sonidos se revelan en su verdadera cualidad material y vibratoria, percutiendo en los objetos, en el suelo, en sus pies y en todo su cuerpo. Así, mientras los escenarios se tornan líquidos y entremezclados, el cuerpo se pulveriza y fuga hacia posibilidades antes adormecidas.

Undone es una serie realizada a partir de la rotoscopia, una técnica de animación poco usual para un programa televisivo, en la que se produce el borramiento entre lo animado y lo “real”. Allí, es imposible determinar qué y cuánto de un gesto proviene de la actriz (“real”) y cuánto del trazo dibujado luego de manera artesanal por un artista en la posproducción. Forma y contenido se entrelazan de manera indisoluble y se habilita el juego imaginario de lo expresivo.

Por momentos Alma flota en un universo tan inestable que se desintegra. Allí las imágenes se fracturan en pedazos como ligeros cristales a punto de colapsar. Podemos entonces sentir y escuchar lo que hay después del cimbronazo; un golpe semejante a  la primera vez que Alma se colocó el audífono y el universo cobró brillo de repente. Undone nos entrega a la reflexión acerca de la potencia desestabilizadora del no saber o de saber de otras maneras, de dejarse devenir sin controlar los sucesos y sus consecuencias.

Una postal casera pintada en lápiz sobre papel cobra nuevas dimensiones y se vuelve profunda y habitable sólo si Alma acepta el trato que Jacob le propone. En sus investigaciones sobre las posibilidades de viajar en el tiempo, éste y su colega habían llegado a la conclusión de que el entrelazamiento cuántico —esa “fantasmagórica acción a distancia”, al decir de Einstein— es una manera de reordenar los fundamentos del tiempo, ya que consiste en la posibilidad de que una partícula afecte a otra instantáneamente, sin importar qué distancia (temporal/espacial) las separe. De acuerdo con el argumento de la serie, es este descubrimiento —hasta ahora sólo de aplicación puramente teórica— una de las causas de la muerte de Jacob, que se enmaraña con discusiones familiares y complejos intereses políticos y económicos.

Las experiencias de Alma desordenan, desnormalizan y desorganizan su cuerpo, el tiempo y también el espacio. Ya no se oye sólo por los oídos ni se ve sólo a través de los ojos, los órganos pierden jerarquía en un juego sinestésico que explora los límites y potencias del cuerpo… ¿qué otras cosas pueden esos órganos cuando se produce una desorganización? Como dijera Artaud en El teatro y su doble, me gusta pensar que este tipo de experiencia “rehace la cadena entre lo que es y lo que no es, entre la virtualidad de lo posible y lo que ya existe en la naturaleza materializada”. Allí radica la idea cuántica de la cuestión: el principio de incertidumbre, expresado muy sencillamente en la idea de que una partícula, en tanto se comporte como masa o como energía, puede presentar infinitos estados. Esto implica un abandono de la noción clásica de la física que permitía determinar y medir con exactitud el comportamiento y el estado futuro de un sistema.

Además de la rotoscopia, los episodios de la serie se construyen de manera tal que desautomatizan la percepción: algunos capítulos terminan donde empiezan, otras secuencias se repiten con leves variantes con la pregunta latente de la potencia: “¿qué pasaría si…?” En un colorido recuerdo de su niñez, durante el segundo capítulo, las figuras se rompen y Alma parece crecer durante el transcurso fluido de las imágenes. Así, su disposición discontinua enriquece el lenguaje fílmico, el cuerpo, el tiempo y el espacio.

El evidente diagnóstico esquizofrénico que le cabría a Alma desde el mundo nuestro, de la supuesta normalidad incuestionable y el cotidiano deambular automático, implicaría el imperativo inmediato de emprender el camino de la cura, la sanación y los tratamientos psiquiátricos. Sin embargo, una vez que Alma se ha agenciado de estas nuevas posibilidades, en las que se aventura a sus viajes en el tiempo y a experimentar nuevos afectos, la construcción de cada capítulo perturba las cadenas asociativas, en las que las supuestas visiones no están necesariamente ligadas a un síntoma esquizofrénico o patológico, sino que surgen encuentros y afectos alegres.

Desde el paradigma cientificista actual, las sabidurías chamánicas y adivinatorias ponen en juego la idea de un conocimiento “no permitido” que atraviesa la frontera del saber legítimo. Pienso cuán provocador resulta el hecho de que hace algunos siglos, en una cultura no tan alejada de la propia, personas de estas características eran consideradas las más sabias del pueblo y tenían en su poder la interpretación del oráculo de Apolo. Sus discursos adivinatorios, crípticos y fragmentarios, marcaban a fuego el destino de cualquier mortal. Representar estos mundos y conocimientos en tanto igualmente válidos, posibles y desjerarquizados es la tarea encomendada a las imágenes, que muestran la elasticidad de esos universos cuyas membranas son lábiles y permeables.

Es allí donde la serie se posiciona para interpelar al espectador en el modelo de su propia sabiduría: ¿dónde termina la fantasía y empieza la “locura”? Y una pregunta que Undone cuela cada tanto y sutilmente: ¿hasta dónde somos capaces de escuchar, cuando lo que hay del otro lado sacude tan a fondo nuestros paradigmas?

Ahí donde la serie juega con los fundamentos del tiempo, trastabilla incluso hasta la propia posibilidad de conjugar bien los verbos en la escritura de esta crítica.

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