La angustia de la influencia

«Todos mis amigos eran vampiros,

pero yo no lo sabía,

entonces resultó que

yo también era vampiro»

Daniel Johnston – Evil Town

 

Mayo de 2020, primeras semanas de la cuarentena eterna. Entre noticias sobre un eventual colapso sanitario y la incertidumbre económica masiva, llega una noticia inesperada: luego de mucho tiempo separados, la banda de culto San Martin Vampire anuncia su regreso. Sí, parece una intrascendencia dentro de los temas urgentes, pero igual me ilusionó. Nunca los vi en vivo y honestamente ya había perdido esperanzas de poder cumplir ese deseo. Su último show fue en 1999, es decir en el siglo pasado, y contra lo que dice la canción, veinte años es bastante tiempo.

Mis amigos, pero también las personas a las que no les caigo bien, me acusan de optimista, de querer ver siempre el lado positivo de todo. Un poco en broma, me hago cargo de ese cliché: ahora digo que lo bueno de la pandemia es que motivó el regreso de San Martin Vampire. Entonces redoblo la apuesta y digo que no hay que temerle a los momentos de estupor, porque motivan la puesta en crisis, la reinvención, la metamorfosis y el regreso de los vampiros. Bueno, en realidad los vampiros siempre estuvieron ahí, agazapados. Son como los Rolling Stones: nunca se fueron, pero siempre están volviendo. Los momentos de crisis promueven los regresos vampíricos.

Un cuento que nunca escribí trata sobre un vampiro de clase baja que trabaja como vigilador nocturno de un banco de sangre. Se llama Juan, es honrado, y su única transgresión es la de realizar modestos hurtos de sangre. Triste y solitario, dedica las noches en su rutinario trabajo a leer novelas de vampiros. Pero cuantas más lee, más se apena: constata que él no tiene ni el carácter ni el temple de sus míticos ancestros. Si los tuviese, se dice Juan, se atrevería a quebrar la introspección que le impide invitar a salir a Karen, la especialista en hemoterapia que ama secretamente. O mejor aún: se lanzaría a morderla en su sexy cuello. Pero no, tiembla cada vez que ve pasar a Karen, se angustia por ser un vampiro que no está a la altura de su mitología. Juan padece la angustia de la influencia.

En 1973, el crítico literario Harold Bloom publicó un libro tan polémico como influyente, The Anxiety of Influence: A Theory of Poetry. Dicho estudio se centra en la poesía romántica en inglés del siglo XIX, pero su teoría pretendió extenderse a toda la literatura universal. A contramano de las corrientes estructuralistas del momento, el autor planteaba una teoría poética centrada en la influencia. Según Bloom, no existe manera de realizar nuevas obras sin estar influido por los trabajos de los grandes predecesores, al punto incluso en el acto de intentar rechazar una influencia hay un acto de reconocimiento de su existencia.

Concebida como un camino del que es imposible escapar, la influencia se convertía entonces en angustia. ¿Es posible intentar crear algo nuevo si siempre se está a la sombra de los gigantes? Para Bloom, aceptar y lidiar con la angustia de la influencia, es decir con la tradición, es un primer paso para empezar a crear algo nuevo.

Only Lovers Left Alive es una película sobre las crisis, las transformaciones, las angustias y las influencias. También es una película de vampiros, pero a mis amigos más puristas del género no les gusta, porque dicen que incumple el inciso 14b de la enmienda 7 del tratado universal —que nunca me interesó leer— sobre cómo tienen que ser las películas de vampiros. Qué padecimiento la rigidez.

Yo creo que lo que más me gusta de la película es que se hace cargo de la pesadez de la tradición —de los vampiros, de la cultura occidental, del capitalismo—, la pone en primer plano. Los espacios y el contexto histórico son centrales en eso. Adam es vampiro, Eve es vampira y Ava es vampiresa, pero son bastante diferentes entre sí. Comparten algo: viven en un mundo en crisis, el de la llamada Gran Recesión, el colapso financiero y político de 2008. Sus ciudades de residencia los definen. Adam vive en Detroit, pero la ex-capital industrial de EE.UU. es ahora una ciudad fantasma, hundida en la añoranza de lo que fue alguna vez. Eve vive en Tánger, Marruecos, pero en realidad es una melancólica nómade, que mantiene la voracidad por ingerir toda la cultura oculta en los rincones más recónditos del mundo. Ava es joven y errante, supuestamente vive en la radiante Los Ángeles, pero todo parece indicar que vagabundea hacia donde la llevan las circunstancias. Las ciudades de cada uno funcionan como los jardines de un hogar, el espacio donde la personalidad queda en evidencia.

Adam es quien más padece la influencia. Enclaustrado en un mundo analógico —obviamente idolatra a Jack White, el último paladín de la grabación valvular—, dice no tener héroes, pero su hogar contiene un gran panteón dedicado a las grandes figuras, varias de las cuales —como Franz Kafka, Emily Dickinson o Samuel Beckett—coinciden con las de El canon occidental de Harold Bloom. No dudo que Eve repudiaría ese canon, en principio por su rigidez y dogmatismo, pero también por la gran excepción con la que intenta sostener su teoría: el caso de William Shakespeare. Para Bloom, en Shakespeare no se aplica la angustia de la influencia porque «pertenece a la era de los grandes de antes del diluvio» y porque su precursor fue Christopher Marlowe, «un poeta mucho más pequeño que su heredero». Admiradora y amiga íntima del vampiro Marlowe, Eve comprende que la Historia es un relato repleto de arbitrios y atribuciones apócrifas, que se derrumbarán cuando llegue el momento preciso. Adam e Eve admiran con pasión, pero él ve un cementerio de grandes figuras y ella un estado vivo.

El momento que más me emociona de Only Lovers Left Alive, y que siento que sintetiza la película, es cuando las influencias ceden su lugar a la intimidad. Amparados por la noche, la pareja vampira decide dar una vuelta en auto por Detroit, el «desierto» de Adam, a modo de reencuentro. Él, que es un nostálgico, no puede ver más que ruinas de lo que alguna vez fue una gran ciudad. Ella en cambio, melancólica, observa con intensidad ese mundo y profetiza la esperanza de un resurgimiento.

Adam e Eve son diferentes, pero se aman con intensidad. Como las parejas que se conocen mucho, su relación está marcada por pactos íntimos, de comprensión y tolerancia. Si bien su carne no envejece, sus vidas sienten el paso del tiempo. Luego de muchos siglos juntos, entienden que esos paseos sin rumbo cierto, donde el tiempo se detiene, valen tanto como las aventuras más intensas. A diferencia de las películas convencionales, donde los vampiros inexplicablemente andan apurados, en Only Lovers Left Alive dedican su tiempo a contemplar.

En esos intensos momentos íntimos, ¿importan los grandes nombres, la tradición y todo eso que nos enreda?

Que me perdone Bloom, pero cada vez descreo más de la angustia de la influencia. La crisis pandémica tuvo bastante que ver con eso. Cuando arranqué a escribir la primera versión de este texto, un murciélago aún no había armado lío en Wuhan. En ese momento, si alguien me preguntaba qué haría en caso de tener que aislarme en mi casa durante meses, seguramente hubiese contestado que leer todos los clásicos que siempre postergué. Qué padecimiento la rigidez, por suerte no lo hice. Mi metamorfosis personal consistió en borrar todo y empezar de cero.

Hoy creo que la verdadera influencia, la que realmente nos marca, no es la de los grandes nombres, sino la de las personas más cercanas. La verdadera influencia es la de nuestros contemporáneos, los que nos acompañan en el día a día, las personas con quienes podemos aprender exponiendo sin culpa nuestras contradicciones y dudas. Las verdaderas revelaciones se dan con quienes podemos compartir la contemplación de la noche y el amor más íntimo.

Nunca terminé el cuento de Juan, el vampiro pobre, tal vez porque no le encontré el final adecuado. Hoy se me ocurre uno posible. Harto de leer novelas de vampiros, Juan decide dejar de lado las comparativas. Cierra los libros y se dedica a mirar el mundo, de forma más ingenua e inquieta. En esa observación más libre, descubre algo revelador: que su amada Karen no se refleja en el espejo. Es de noche, en Buenos Aires o Detroit, no importa. Juan invita a Karen a salir a la calle.

En la oscuridad se escuchan pasos, alguien se acerca. Hacen una pausa, se miran y sonríen: es tiempo de dejar de lado la angustia, convertir la influencia en felicidad. Y entonces, voraces, se lanzan sin culpas a morder cuellos.

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