En algunas películas actuales del cine de horror, dentro del subgénero body horror, podemos encontrar una nueva categoría: el “horror estético”, donde se visibilizan las brutales alteraciones corporales de las protagonistas femeninas para cumplir con las expectativas de la belleza hegemónica. La hermanastra fea, de Emilie Blichfeldt es un claro exponente de ello.
La Cenicienta y el canon
Érase una vez en un reino lejano, una madre moribunda y una hija de deslumbrante belleza. Muerta la madre, el padre de la joven contrae matrimonio con otra mujer y las hijas no tan agraciadas de esta comienzan a envidiar con hostilidad a la joven protagonista.
Este es el icónico comienzo de uno de los cuentos de hadas más famosos de todos los tiempos, “La Cenicienta”; durante siglos, las niñas desearon asemejarse a la joven castigada por culpa de su belleza que accede a su redención a través del matrimonio con el príncipe. El filme de Emilie Blichfeldt, La hermanastra fea, se inspira en este cuento de hadas, pero cambia la perspectiva hacia Elvira, la hermanastra de Cenicienta, que se transforma en la protagonista.
Si bien esta película fue clasificada como body horror, sería más atinado definirla como “horror estético”, un cine que muestra crudamente la violencia con que los cánones de belleza se instalan en un cuerpo y lo destruyen desde su interior.
La violencia estética es definida como un conjunto de prácticas dirigidas a alterar los cuerpos para adecuarlos a un modelo de belleza hegemónico e inalcanzable. Lo hegemónico, por su parte, se vincula íntimamente con la noción de canon, cuyo significado etimológico es vara o medida. Cada vez que encontramos un canon, vemos, subsumida a él, una corporalidad cuantificada, es decir, un cuerpo mensurable y maleable; concebido como una máquina que puede (y debe) ser mejorada y/o alterada.
Este cuerpo/máquina alienado de su devenir pierde todo rastro de vitalidad; en esta línea, el filósofo alemán Theodor Adorno describe, en sus Apuntes y esbozos, el fenómeno del atletismo donde se exaltan las distintas partes del cuerpo, cuantificables, a partir de ciertas medidas; y relaciona este acto de medir con la muerte, recordando la prohibición de la tradición judía acerca de tomar medidas humanas, ya que el metro es usado con los muertos, cuando se les mide para construir el ataúd. Así, un cuerpo hegemónico, bello, atlético y sobre todo invulnerable al paso del tiempo, sólo puede ser alcanzado si se detiene su fluir corporal.
Del lado del cuerpo, todo comienza con una sensación de que algo no funciona bien, como si faltara o sobrara algo. Empieza así la odisea de alteración corporal, acompañada de la angustiante sensación de que no importa cuán cruenta sea esta alteración, y cuanto más cruenta mejor, nunca se estará a la altura de la belleza hegemónica. Así, Elvira va recurriendo a procedimientos cada vez más invasivos sobre su cuerpo, mediados por la tecnología rudimentaria y sanguinaria que tiene a mano, como múltiples cirugías en su rostro y alteraciones en su peso corporal mediante la toma de una especie de píldora milagrosa, que en realidad oculta huevos de tenia, cuyo objetivo es hacerla adelgazar hasta límites extremos.
Si el body horror nos muestra una especie de liberación del canon por medio de lo monstruoso, el horror estético visibiliza lo monstruoso de aquel canon que devora los cuerpos por dentro; este mecanismo queda representado de manera explícita con el parásito de tenia, que al ser engullido por la protagonista, comienza a destruirla internamente, hasta el punto en que quedan sólo jirones de cuerpo. La película pareciera intentar demostrar que la noción de hegemonía no es sólo un modo de controlar las corporalidades diversas, sino que también es un verdadero ataque contra las subjetividades femeninas.
La elegida y el príncipe
La hermanastra fea retrata la competencia feroz entre las mujeres de un reino por el amor del príncipe; la única triunfadora de este certamen matrimonial será “la elegida”. Existe una relación intrínseca entre los cánones estéticos impuestos al cuerpo femenino y la noción de “elegida”: ambos posicionan a la mujer en un lugar de objeto. El ser “elegida” es el centro alrededor del cual se genera la identidad femenina en muchos cuentos de hadas y en la película de Blichfeldt, y exige una serie de comportamientos, como la obediencia, la sumisión y la capacidad de soportar los peores tormentos infligidos desde la hegemonía estética, con el fin de convertirse en princesa.
Pero, ¿qué hace princesa a una princesa? En la película podemos observar los múltiples esfuerzos infructuosos de Elvira por acercarse a la belleza de Agnes, la Cenicienta. Algo curioso es que en la versión de los hermanos Grimm se menciona que las hermanastras tenían incluso un rostro muy bonito. Y en este punto se pone en juego la arbitrariedad de los cánones estéticos cuya fuente última de validación, en este caso, depende de las variabilidades del humor y los gustos del príncipe, que se convierte por esto mismo en la vara de la belleza femenina dentro del sistema patriarcal.
Así, la contraparte de la elegida es el príncipe azul, el máximo exponente de la masculinidad, en un sentido superlativo, más allá de toda comparación.
En cuanto al color del príncipe, en las tradiciones europeas, el azul equivale al linaje noble. El origen de su significado varía; algunos filólogos lo relacionan con cuestiones sociológicas, como el hecho de que entre las personas nobles se estilaban cutis tan pálidos que podía observarse en ellos el azul de las venas; otros encuentran un significado más teológico, relativo al color del cielo y por asociación a Dios; así, ser de sangre azul implica pertenecer a un linaje elegido por dios para que reine sobre los plebeyos.
Si el príncipe es elegido por Dios, la princesa lo es por el príncipe, lo cual la ubica en un rango muy deficitario. La competencia y triunfo sobre sus pares femeninos, las otras potenciales elegidas, será la justificación de una dinámica tan incierta y arbitraria, sólo fundada en el deseo, a veces cambiante, del príncipe. En La Hermanastra fea todo esto aparece representado en la escena del baile, donde se pone en evidencia de manera grotesca los mecanismos de elección de las princesas, donde todas se muestran reducidas a objetos consumibles y desechables.
El cuerpo (femenino) en los cuentos de hadas
Lo siniestro estuvo tradicionalmente presente en los cuentos de hadas, y el cine retoma esta característica. Basta con recordar filmes tales como El cisne negro de Aronofsky con su relectura de la obra de Tchaicovsky “El lago de los cisnes”, basada a su vez en el cuento de hadas sueco llamado la “Doncella cisne”, y The Lure, película polaca de 2015, que reversiona en clave ominosa y desesperanzada el cuento “La Sirenita” de Andersen, por mencionar sólo algunos ejemplos.
Algo oscuro parece guarecerse en la sexualidad de los personajes femeninos, sobre todo en sus momentos de pasaje hacia la doncellez, la maternidad o la vejez, y debe ser reprimido por medio de una belleza fría, atemporal y etérea encarnada en las únicas representantes dignas de lo femenino, las princesas.
La tendencia al gore de La hermanastra fea es fiel a la versión de hadas de los hermanos Grimm, donde las hermanastras se cercenan partes del cuerpo para entrar en los cánones de belleza. Hacia el final del cuento la letra se anega de sangre y las hermanastras se amputan talones y dedos para entrar en el diminuto zapato de Cenicienta; única medida que valida la identidad de “la elegida”. En este caso, es la propia madre quien coacciona a su hija “fea” diciéndole: “Córtate el dedo porque cuando seas reina ya no necesitarás volver a caminar”.
La tendencia al gore de La hermanastra fea es fiel a la versión de hadas de los hermanos Grimm, donde las hermanastras se cercenan partes del cuerpo para entrar en los cánones de belleza. Hacia el final del cuento la letra se anega de sangre y las hermanastras se amputan talones y dedos para entrar en el diminuto zapato de Cenicienta; única medida que valida la identidad de “la elegida”. En este caso, es la propia madre quien coacciona a su hija “fea” diciéndole: “Córtate el dedo porque cuando seas reina ya no necesitarás volver a caminar”.
También la Sirenita cercena su bella cola de criatura marina para obtener unas piernas que se tornan dolorosas al caminar. Parece haber algo del andar femenino que molesta; y los cuentos de hadas, al visibilizar ciertas prácticas pueden transformarse, en cierta manera, en señales de alerta.
La cuestión de la visibilización no es de ninguna manera secundaria y una de las luchas más férreas de los feminismos a lo largo del tiempo fue justamente exponer dinámicas naturalizadas en ámbitos de la esfera supuestamente privada; así nos enseñó, por ejemplo, que la figura del ama de casa enclaustrada en su hogar, lejos de vincularse a una supuesta esencia femenina, responde a la división sexual del trabajo en el sistema de producción capitalista. Y así como el hogar fue el espacio privilegiado de construcción de lo femenino como “ama de casa”, en la actualidad, el quirófano, como ámbito que se mantiene invisible a la esfera pública, es el lugar por excelencia donde se cincelan los cuerpos canónicos.
El body horror en películas como La sustancia y La hermanastra fea se transforma en una herramienta para mostrar pormenorizadamente aquello que se desarrolla en el ámbito supuestamente íntimo del quirófano donde se mantiene fuera de la mirada el dolor y el trauma físico; y con ello visibilizar las distintas dinámicas estéticas desde donde se construye la feminidad hegemónica.
Colaboradora