Sin lugar adonde ir, queda abrazar la sombra. A través del gótico les proponemos un viaje por una carretera perdida, donde el guía al que seguimos no tiene rostro, donde aquello que vemos nunca es lo que parece. El gótico es el espejo que deforma una subjetividad moderna que pensó poder construirse sobre la luz de la razón y, se olvidó que la luz hace sombra. El gótico no le pertenece a nadie y, sin embargo, se apropia de todo lo que toca. Podríamos decir que se pertenece a sí mismo. Se encierra en lo alto de un castillo, en lo profundo de un bosque y, desde allí suelta su bruma. Es un tono, una bruma que todo lo cubre, que confunde, enloquece y apasiona a los sujetos. La única ley es la de la desmesura, la del descontrol apasionado de lo inclinado, lo desviado, lo prohibido.
“Muchas cosas en el mundo todavía no fueron nombradas” es la primera línea del ensayo “Notas sobre lo camp”, de Susan Sontag. Una de esas cosas es la sensibilidad camp, eminentemente moderna como el cine, cuya esencia estética consiste en el amor por lo antinatural, el artificio y la exageración. Es a la vez una forma de mirar y una cualidad intrínseca a los objetos, que no tiene una vinculación con la idea de belleza sino con la de estilo.
La vocación de renuncia a “representar el mundo como es” que trae aparejado lo camp significó una nueva manera de concebir formas artísticas que no se ajustaran a normas o valores canónicos. Así surge una variante de la sofisticación que no le hace asco a la copia y a lo falso, sino que los incorpora en una sensibilidad del gusto en el centro mismo de la cultura de masas.