La Coca Sarli: ¿solo un desnudo?

El cine nacional conoció el erotismo a partir de la figura de lsabel “la Coca” Sarli. Sus películas dirigidas por un hombre, Armando Bo, continúan vigentes por lo que nos preguntamos: ¿fue La Coca solo un desnudo?

El pasado 25 de junio falleció una de las figuras más emblemáticas de cine nacional: Isabel  Sarli. Junto con su socio creativo, y posteriormente amante, Armando Bo, realizaron más de veinte películas, todas criticadas duramente por (valga la redundancia) la crítica y perseguidas por la censura hasta el hartazgo. Pero más allá del contenido erótico de sus películas, de haber protagonizado el primer desnudo frontal en la historia del cine nacional, más allá de la censura, la gente nunca dejó de ir al cine. Su figura continúa en la memoria popular hasta el día de hoy. Entonces, ¿era La Coca solo un desnudo?

Existe una diferencia esencial entre un desnudo y estar desnudo. Como explica John Berger en su programa televisivo Modos de ver (que pueden encontrar en youtube), estar desnudo es estar con uno mismo en la intimidad. Pero un desnudo, y más precisamente ser un desnudo, implica una mirada otra. Un desnudo existe en la mirada del otro, en el ser contemplado y, consecuentemente, adquirir el rol de ser un objeto.

En una sociedad en la cual el machismo es hegemónico, no nos sorprende el hecho de que las películas eróticas protagonizadas por Isabel Sarli hayan sido dirigidas por un hombre (Armando Bó). Ahora, ¿cómo se construye la mirada masculina en estas películas?

En la filmografía de Armando Bó, la Coca busca el placer. Satisface sus deseos sexuales con hombres o mujeres y también a través de sí misma, masturbándose. En contraposición, es frecuente encontrar en estas películas escenas donde ella es violada y/o abusada. En estas dos situaciones la diferencia es tajante: en las escenas en las cuales es corrompida, la cámara se aleja y nos muestra cómo un hombre efectivamente abusa de ella. No vemos fragmentos, no vemos primeros planos, sino que vemos la acción completa y desde lejos. Ahora, cuando hay placer, la cámara está al nivel de su protagonista. La acción se construye desde primeros planos o planos detalle.

 El placer consensuado es también consensuado para la cámara y el espectador. El abuso se denuncia y se observa desde un lugar deserotizante que solo remarca la violencia.

En Carne (1968) la cosificación y el consentimiento pueden ejemplificarse a partir de la noción del desnudo: en un primer momento nos encontramos con/podemos ver a  “la Coca” posando para su amante que la pinta. Luego, ella es obligada a posar por uno de los hombres que la viola, lo cual deja en claro que ser un desnudo también forma parte de una decisión personal, íntima y respetada.

Desde el montaje se logra representar la mirada masculina cosificante. En El trueno entre las hojas (1958) existen primeros planos de un rostro masculino gozando a través de la “contemplación” de una mujer que no sabe que la están mirando. Esta relación se construye con un montaje que alterna entre nuestra protagonista que aparece bañándose en el río y, en contraposición, un primer plano del rostro de este hombre, que sobre todo destaca sus ojos. Apropiarse de un cuerpo desde la mirada y quitarle su subjetividad (y humanidad), no solo está representado en la película sino que, además, es castigado. El erotismo sólo tiene lugar cuando hay placer, y el placer solo está representado en la figura femenina de Isabel Sarli.

Su protagonismo está dado por su sexualidad, por sus deseos que satisface en cada película. En las películas de Armando Bó nadie goza, excepto ella.

En un sociedad machista, en la que el placer parece corresponder sólo al hombre, las películas de Isabel Sarli y Armando Bo logran invertir los roles: ponen al placer femenino (casi siempre oculto) como protagonista. Al placer femenino se  opone el hombre machista que abusa, que oprime y que se cree propietario de un cuerpo que jamás le perteneció.

La censura y las críticas que recibieron estas películas quizás hablan más de la sociedad en la que vivimos (o vivíamos) que en lo que sus autores quisieron decir. Un error llamativo es la calificación  que se les dio en más de una ocasión como películas pornográficas, cuando la construcción que se presenta desde el montaje y la cámara es solo una sugerencia, nunca accedemos al acto sexual explícito.

Lo que existe alrededor de la figura de la Coca es el erotismo, es la seducción constante y la búsqueda de la satisfacción de los deseos y fantasías sexuales personales.

El hombre no es condición necesaria para el placer, como tampoco la mujer es un sujeto pasivo. Los roles hegemónicos se desdibujan en un cine que, desde sus formas, eligió denunciar el abuso y protagonizar el placer. 

La Coca representó a las mujeres madres, obreras, esposas, creyentes y les dio a esos personajes  algo que quizás en la cotidianeidad no tenían: un cuerpo propio.  

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Bernarda Indart

Bernarda Indart

Colaboradora