Adriana Lestido

Julia Russo Martínez

Nació en Buenos Aires en 1955. Lestido es una fotógrafa, reportera gráfica y docente. Sus trabajos son reconocidos internacionalmente.Comenzó estudiando fotografía en 1979, en la Escuela de Arte y Técnicas Audiovisuales de Avellaneda. Años más tarde, trabajó como fotoperiodista para el diario La Voz, la Agencia Diarios y Noticias (DyN) y el diario Página 12. Es autora de siete ensayos y siete libros.

Hay una primera imagen que será fundante de su trabajo inmediatamente posterior: Madre e hija de Plaza de Mayo (1982). Quizás su fotografía más conocida en la Argentina. En ella, una madre y su hija alzan los puños, exigiendo el regreso del hombre que le arrebataron durante la última dictadura militar que aconteció en nuestro país. Ambas de pañuelo blanco, encuadradas por los cientos de carteles que se leen detrás: familiares desaparecidos, nombres y signos de preguntas escritos en tinta negra. 

Adriana trabajó con el tema de la maternidad desde distintos lugares. Mientras hacía su labor como reportera gráfica, comenzó con un ensayo fotográfico en el hospital infanto-juvenil (1986/1988), luego uno sobre madres adolescentes (1988/89), seguido por otro sobre madres presas; por último, y tal vez cerrando una etapa, Madres e hijas (1995/1999).

¿Qué es lo que aparece desde aquella fotografía –bautizada burdamente por mí- la primera fotografía? Digamos que la figura materna –que trae a la de la hija-, y una ausencia que, paradójicamente, puede verse. Dos hilos conductores que atraviesan casi la totalidad de su obra; así también como la de su propia vida: la desaparición de su entonces compañero, el militante Guillermo “Willy” Morall, en el año 1978; el fallecimiento de su madre años posteriores, en 1984, a quien le dedica simbólicamente su libro Madres e hijas. Maternidad y ausencia, entonces.

Es en el ensayo fotográfico Madres e hijas en el cual deseo centrarme, como pequeña muestra de la totalidad de su obra; y porque, a decir verdad, son las fotografías que a mí más me atraviesan. Adriana, y el don de atravesar, tal vez sensación que logra dar por la corta distancia con la persona fotografiada, no como quien espía, sino como quien se interesa de tal forma que logra sumergirse en la escena hasta mimetizarse con ella.

A propósito, en un intercambio de correspondencia entre Lestido y John Berger, él escribe: ¨Lo que hace que tu trabajo sea tan inusual y misterioso es la naturaleza de tu presencia (la de la fotógrafa). Aquello que vemos suceder –existir– lo hace como si no estuvieras ahí. Nadie da la impresión de estar siendo fotografiado. Y sin embargo, al mismo tiempo, cada imagen ha sido elegida y recolectada con tanto amor y compasión. Estás absolutamente ahí con aquello y aquellos a quienes estás fotografiando, ¡y a la vez no estás ahí en absoluto!¨. Qué poco cuesta estar de acuerdo con las palabras del grandioso Berger.

Mary y Estela; Alma y Maura; Marta y Naná; Eugenia y Violeta. Estos pares de madres e hijas fueron testigos de Lestido por dos años cada una, y me pregunto hoy qué relación habrán mantenido en todo ese tiempo, cómo se llega a desnudarse de tal forma frente a la fotógrafa Adriana; qué procesos y qué hallazgos acontecen en ese modo de estar acompañada.

De esta serie se desprende el amor. Un amor que resulta ser el más misterioso para la propia Lestido (como comentó en varias ocasiones); este amor enigmático, que parece renovarse continuamente en cada vínculo madre-hija, como si no existiera ninguna forma de habitarlo igual a otra. Es así que aquí no hay ninguna romantización de este vínculo amoroso, sino que se trata justamente de mostrar los matices, las continuidades y las discontinuidades; la soledad incluso, la palabra Ausencia, las distancias; así también el cuidado y la ternura. En suma, las complicaciones y satisfacciones de ser madre, las complicaciones y satisfacciones de ser hija.

Quizás Madres e hijas sea el intento de un acercamiento al abrazo materno que Lestido ya no puede exigir, pero sí recrear; y aquí el don de esta disciplina: no el poder de resucitar lo que pasó y por eso dejó de ser, sino la posibilidad de crear mundos nuevos, ficticios pero no por eso imposibles. La ausencia latente, como así también del color: un negro firme y envolvente,  casi no hay presencia del gris neutral; oscuridad que deja vislumbrar un punto de luz, que enmarca un rostro, un punto a la distancia, un abrazo.

Como el de Eugenia y Violeta, que pareciera no dejar lugar a nadie más, en ese giro que dan con el juego fundamental que genera  el fuera de foco detrás. Pareciera un ritual íntimo entre ellas, consumado en ese abrazo del cual es imposible ser parte. Lestido pertenece y no pertenece al mismo tiempo; una presencia-ausencia que vive desde la fotografía, detrás de su cámara; la fotografía como un festejo a la invención, y acá Adriana –que en un mismo gesto aparece y desaparece- siendo el alma de la fiesta.

Y aunque cumplas la terrible condena de no poder estar cuando te llamo, sin duda organizas de nuevo la familia, 
o me ordenas las sombras, o cortas esos ramos de escarcha que bordan tu regazo para dejarlos a mi lado cualquier día, o tratas de coser con un hilo infinito la gran lastimadura de mi corazón. 

(Olga Orozco, Obra poética, Corregidor). *

*Fragmento de ¨Si me puedes mirar¨ de Olga Orozco, poeta argentina; citada por Sara Facio en el prólogo a Madres e hijas (LA AZOTTEA Editorial Fotográfica, Buenos Aires Argentina).

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