El dolor inherente a la gloria

Almodóvar cierra suavemente los relatos de un viaje en el que la vida y el cine han sido siempre uno y el mismo, los cuales se irrigan mutuamente.  La historia de una vida, el tiempo de un recuerdo, el tiempo de una película.

El último film de Pedro Almodóvar se titula Dolor y Gloria. La primera palabra se presenta en dos de sus significados posibles: por una parte, en la sensación de malestar físico situado principalmente en la espalda del protagonista y, por otra, en el dolor emocional que implica estar retirado de la escena cinematográfica por un largo periodo. La segunda palabra es aquello que Salvador (Antonio Banderas) alcanzó tiempo atrás. Sin embargo, luego de obtener uno de sus éxitos como director, escapa de homenajes y propuestas que lo hacen retornar a ese pasado glorioso que no goza debido a sus pesares, anímicos y físicos.

Las situaciones en las que el protagonista se sustrae de la escena serán recurrentes a lo largo del film. Para esto Almodóvar acude a las creaciones animadas y a los aparentes recuerdos que representan el cuerpo del personaje. Se trata de recursos formales que utiliza el director para mostrarnos diferentes acciones mientras la presencia física de Salvador está fuera de cuadro.

La filmoteca de Madrid prepara un homenaje a la trayectoria de Salvador, pero este, en lugar de asistir y enfrentarse a su propio mito, participa de la jornada a través de un llamado por altoparlante. El protagonista de la celebración prefiere ocultarse y quedarse en casa drogándose con Alberto (Asier Etxeandia), así como lo hará en reiteradas ocasiones.

En los encuentros recurrentes con Alberto, Salvador consume heroína para aliviar sus dolores y, entre alucinaciones y recuerdos, nos remontamos a su infancia. En estos viajes-huidas al pasado, Salvador rememora el descubrimiento de su sexualidad, lo cual reactiva toda la gama de sus emociones. Los recuerdos se despliegan en pequeños trazos que muestran cómo conoció a  Eduardo, el albañil que arreglaba la casa de su niñez. El trato era intercambiar su fuerza de trabajo por las clases de lectura y escritura brindadas por Salva.

Eduardo es un dibujante innato y, entre una cosa y otra, retrata improvisadamente a Salva mientras hace la tarea y un sutil cruce de miradas desborda la pantalla.  Al finalizar la jornada de trabajo, Eduardo toma un baño y Salva, al alcanzarle una toalla, se queda perplejo ante ese cuerpo desnudo. Inmediatamente después el niño arde en fiebre. He aquí el episodio fundacional que, literalmente, lo golpeó en el acto: el primer deseo, a sus inocentes (pero intensos) siete  años.

Es así como un instante tan glorioso provoca dolor en Salva. En este momento se inaugura la primera contradicción en la vida del protagonista, en la cual la gloria es inherente al dolor. De aquí en adelante Salvador habitará y será habitado por ambas sensaciones al mismo tiempo. Sensaciones que usualmente no están emparentadas pero que a él lo acompañarán en su vida y a lo largo del film.

En el presente de la película, Salvador escribe un cuento llamado “Adicción” y lo delega a su amigo Alberto para que lo represente. En el cuento narra su primera historia de amor pero también habla sobre el narrador cinematográfico, sin el cual ya no puede vivir debido a sus miedos, frustraciones y a una futura intervención quirúrgica. La operación en la espalda de Salvador y su reconciliación con un pasado que ahora puede contemplar de forma pacífica servirán de fuente de inspiración para una nueva película. “¿Será drama o comedia?” pregunta el cirujano en la mesa de operaciones sin que su paciente anestesiado pueda responderle.

El protagonista huye constantemente  de los demás y de sí mismo. Salvador nunca está en el punto de la mirada: cuando hace sus películas, está detrás de cámara; al momento de dar una conferencia, se queda en casa; al escribir un texto, deja que uno de sus amigos lo juegue y lo cuente; al drogarse con heroína, olvida sus dolores y, mediante aparentes flashbacks, ingresamos en su infancia. A pesar de que sean momentos importantes en su vida, nunca vemos que sea Salvador quien cuente su propia historia.

¿Qué recurso cinematográfico utiliza Almodóvar para sustraer el cuerpo del protagonista y representar esos momentos tanto de dolor como de gloria? Por un lado, mediante las animaciones creadas por Juan Gatti, el protagonista nos comenta en off y completamente fuera de cuadro cómo aprendió geografía española ya siendo adulto, al convertirse en cineasta y recorrer España promocionando sus películas. Un colorido globo terráqueo gira sobre un fondo negro, a través del cual se atraviesan aviones de variados colores. Al mismo tiempo, una serie de carteles dan cuenta de los diferentes lugares del mundo que ha visitado Salvador gracias a su oficio y al éxito de sus películas.

Por otra parte, como si se tratase de clases de anatomía, Salvador nos relata, nuevamente en off, cómo es que empezó a conocerse a sí mismo a través del dolor y las enfermedades. Una vez más el protagonista está fuera de la pantalla. En este caso, su cuerpo es representado por figuras animadas que emulan ser radiografías de diferentes extremidades. Delante de coloridos fondos, se enlista la serie de padecimientos que lo afligen, que van desde el insomnio a la faringitis, la otitis y otras tantas. Es así como el protagonista termina descubriendo que su vida girará en torno a su columna vertebral.

Pero “no todo es físico e ilustrable”, nos comenta Salvador mientras paradójicamente se desdibujan motivos más abstractos pero igual de contrastados, con colores saturados sobre un fondo negro que de alguna manera representan la depresión, la angustia, los miedos y los dolores del alma que se reflejan a través de los dolores físicos del protagonista.

El cineasta crea, imagina y relata pero, sobre todo, transmite a través de sus obras; es él quien emancipa a los demás y quien eventualmente se convierte en parte de sus recuerdos. Salvador ya está en una edad avanzada y entrar en la vejez puede ser a veces un momento en el que hacemos balances de nuestras vidas, en el que tenemos miedo de acercarnos demasiado a la muerte y, sobre todo, de no haber disfrutado lo suficiente.

Observar la vida en retrospectiva suele ser doloroso. No mostrarse y escapar de homenajes que refieren a momentos gloriosos le permite al protagonista distanciarse de ese dolor y al mismo tiempo adentrarse en sus propios recuerdos para reflexionar sobre su pasado. Salvador siente la necesidad de revivir ese patrimonio artístico personal y de plasmarlo en cualquiera sea su representación; en este caso, el cine.

Almodóvar cierra suavemente los relatos de un viaje en el que la vida y el cine han sido siempre uno y el mismo, los cuales se irrigan mutuamente.  La historia de una vida, el tiempo de un recuerdo, el tiempo de una película.

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