Total interferencia

Una atmósfera fragmentada, trunca, desamparada, rodea los cuerpos de tres mujeres. ¿Cómo vincularse en un espacio que no contiene sino que deja a merced de una comunicación tensa y vulnerada?

Perla (Graciela Borges), Madrina (Rita Cortese) y la Nenita (Carolina Fal) conviven entre muros escarlata. Comparten una ventana que no da a ninguna parte y una pileta de agua estancada. En Monobloc (2004), de Luis Ortega, el tiempo parecería estar atrapado en un reloj de pilas gastadas que quedó marcando la hora de la siesta de un verano sofocante. Calles desérticas, murmullo de máquinas descansando, aparente quietud.

Desde que Perla fue echada de Soñar Parc, el parque de diversiones en el que trabajaba disfrazada de Minnie, pasa sus días encerrada con Nenita y sale únicamente en dirección al hospital para someterse a una limpieza sanguínea. El tiempo libre con el que ahora cuenta sumerge tanto a las tres protagonistas como a nosotrxs espectadorxs en una pregunta imperiosa: ¿cómo afrontar la distorsión de los límites espacio-temporales de esa nueva cotidianeidad? ¿es posible imaginar un afuera? ¿e imaginar un futuro

Un mundo extraño

El título de la película hace referencia a una única pieza espacial, específica y cerrada en sí misma en la cual viven los personajes. Sin embargo, por otro lado, las imágenes nos presentan también los siguientes sitios: un parque de diversiones despojado, cuyas añejas y oxidadas atracciones ninguna en movimientose sitúan muy distantes las unas de las otras; una clínica pulcra, luminosa, fría y estéril, de interminables corredores, con techos descascarados; una estación de ómnibus austera y aparentemente remota; un estanque que usan como pileta, lleno de un agua turbia y sospechosa.

Podríamos pensar todos estos lugares con la lógica del monobloc: están aislados unos de otros, no podemos situarlos en relación ni pensarlos como parte de un mapa y, en el caso de que pudiésemos comenzar a configurarlo, sería un mapa quebrado.

No existe relación de escala ni es posible pensar la relación centro-periferia: todo parecería configurar un margen de algo cuya referencia en el mundo exterior desconocemos, vulnerando así la posibilidad de posicionarse y desplazarse.

¿Cómo se despliegan las relaciones afectivas de los cuerpos que habitan (¿o, meramente, ocupan?) estos espacios? En su libro Surface: Matters of Aesthetics, Materiality, and Media, Giuliana Bruno, profesora e investigadora en el ámbito de los estudios visuales, expone: “Los afectos no solo son creadores de espacio, sino que también están configurados como espacio y tienen la textura misma de una atmósfera.” A partir de la línea de pensamiento de esta autora, observamos cómo esa sensación de fragmentación, claustrofobia y derrumbe permanente que contiene los emplazamientos del film atraviesa las tres figuras femeninas y configura nuevas formas de vincularse con ellos (y entre ellas). Nos encontramos con cuerpos quebrados: una madre cuya sangre, “espesa y podrida”, percibe como ajena, una Nenita que se sirve de un zapato ortopédico para mantenerse equilibrada y una Madrina que vive a base de aceitunas y fernet, un líquido petrolífero e invasivo. Aquella atmósfera sofocante penetra las grietas de esos cuerpos fragmentados y allí se estanca. Estas particularidades condicionan su capacidad de comunicación, también entorpecida e inconexa. En una escena en la que vemos a los personajes de Rita Cortese y Carolina Fal en la pileta, la segunda le dice a la primera que habría que cambiar el agua, dado que “está turbia, es un caldo, no refresca”. Frente a estas palabras, Madrina manifiesta con seguridad que para ella “está divina” y “parece climatizada”, clausurando toda posibilidad de continuar la conversación. 

Esta diferencia en la percepción de algo tan trivial como la calidad del agua y del ambiente evidencia la falta de apertura al diálogo y una incomprensión y desconsideración del deseo ajeno: en suma, un desencuentro afectivo.

A medida que avanza la película, esta incomunicación distorsiona el vínculo cotidiano entre las tres de manera aún más notoria. ¿Cuán hondo puede calar en esa intimidad la huella de lo podrido, de lo contaminado? ¿Cuán intolerable puede volverse el aire? La sensación de claustrofobia que está implícita en la figura del monobloc, en tanto espacio único, angosto y macizo, también es perceptible en la angustia opresora pero disimulada que arrastran las protagonistas. Hacia el final del film, Madrina, preocupada por la salud de Perla, le pregunta “¿sentís que te acompaño?”, a lo cual ésta responde, despectivamente, “¿cómo no lo voy a sentir si te tengo todo el día pegada a mí?”. Como si la acción de acompañar sólo adquiriese sentido en el compartir un mismo espacio físico, como si no fuese posible construir una manera de estar juntxs por fuera de la asfixia que potencialmente significa la presencia del otrx.

Un sosiego siniestro 

Las vidas de Perla, Madrina y Nenita están sintonizadas en una atmósfera de monótona cotidianeidad. Todos los días, de la casa a la clínica y de la clínica a la casa. Un rato en la pileta. Un fernet preparado por la Nenita para Madrina; acto seguido, ésta retira la etiqueta de la botella para poder participar del sorteo de un viaje a Brasil. Un cuadernito de reglas de cestoball que Perla lee para poder finalmente dar un examen. Planos cenitales de la Nenita sobre la cama, de su rostro inexpresivo hasta su torso y brazos en movimiento de la cadera para abajo no podemos verla–; nuestras sospechas se confirman cuando vemos cómo un par de monedas doradas caen sobre ella y el plano se da por terminado. La rueda del parque de diversiones, ese circuito cerrado que no permite cambiar la dirección del movimiento. Desde la perspectiva freudiana, lo siniestro es una experiencia que torna lo conocido en extraño y ajeno y lo desconocido en familiar; se genera un doble movimiento, una convivencia paradójica. En Monobloc, figura y fondo desdibujan sus límites y se retroalimentan provocando, en lo más predecible y sosegado de la cotidianeidad, un extrañamiento ineludible. ¿Es esto lo único que hay para ver?

El film articula intriga e incomprensión en una misma imagen, atravesada por un “de eso no se habla”: algo parece estar moviéndose por debajo de la superficie, pero ¿qué?

Desconocemos la motivación del tratamiento de la madre, la calidad de su enfermedad, no llegamos a adivinar si los actos sexuales en los que se embarca la Nenita rozan más la prostitución que la pedofilia, accedemos arañando apenas a una o dos referencias a la ausencia de figuras masculinas en toda la película. La imagen se vuelve cada vez más opaca, tan estancada como el agua de la pileta. En el plano sonoro, esta impresión se potencia: en muchas escenas, nos asedia un ruido granulado, denso, rasposo, espectral, que perpetúa la obstrucción del canal de comunicación y contribuye a seguir tensionándola. 

¿Zona de promesas?

Madrina se acerca a una estación, compra un pasaje de ida hacia Brasil y hace pasar esa adquisición como producto de haber ganado el sorteo de fernet, algo del orden de lo azaroso. Finalmente, al irse, en vez de romper con la imagen de la rueda del parque de diversiones, oxidada y detenida, corporizada en la inercia y la apatía de los personajes, su movimiento apenas constituye una fuga de ese sinfín que es únicamente significativa para ella. Ambas Perla y Nenita se quedan en la casa, juntas, ancladas a la cama y a la rutina de siempre, descascarándose lentamente a la manera del techo del hospital.

Como espectadorxs, nosotrxs no tenemos manera de evitar la profundidad, de indagar en eso que está por debajo del agua turbia, de querer descubrir qué se esconde en sus motivaciones, sus deseos, sus expectativas, de jugar a adivinar qué está por pasar; sin embargo, la película nos clausura esa posibilidad. No hay relojes, no hay calendarios, no hay referencias a días de la semana, la estructura maciza del monobloc no deja entrar la luz y dificulta la capacidad de identificar en qué momento del día se encuentran los personajes. 

Entonces, así como no podemos mapear el territorio en la película, como no podemos dar cuenta de la distancia que separa un lugar del otro, tampoco alcanzamos a construir una cronología, un esquema temporal, una radiografía del pasado y del presente que nos dé herramientas para imaginar un futuro.

 ¿Para qué estudia Perla? ¿Finalmente rendirá los exámenes que le faltan? ¿Volverá a trabajar en Soñar Parc? ¿La Nenita seguirá atesorando monedas obtenidas a cambio de tareas sexuales? ¿Continuarán Perla y su hija mirando embobadas el programa de patinaje artístico? 

“Vos hacés planes a futuro como si no pasara nada” le dice la Nena a Madrina. “No hago como si nada, hago como si todo”, le responde. Aquello que circula por debajo de la superficie, entonces, no es más que la sensación de que siempre está a punto de pasar algo que interrumpa y aniquile, de una vez y para siempre, la total interferencia pero, a fin de cuentas, no pasa nada. La figura del monobloc se mantiene intacta, no hay futuro ni afuera salvo para Madrina. 

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Milena Rivas

Milena Rivas

Colaboradora