Retrato sobre la vulnerabilidad

Los amores han sido (re)presentados en todas nuestras producciones culturales. Películas, canciones, series, libros, podcast, todos han (des)dibujado una imagen de los amores, qué son y qué no deben ser, cómo se configuran, cuáles son sus dolores y pasiones, cómo se viven esos amores.

En este ensayo voy a reflexionar acerca de dichos consumos culturales, cuáles son los discursos circulantes sobre el amor y cómo Retrato de una mujer en llamas (Céline Sciamma, 2019) propone una ruptura y habilita otras formas de mirar y habitar el sentimiento amoroso.

Siempre olvidamos que

lanzarnos al amor

es empezar a construir un recuerdo

que seguramente será terrible

José Sbarra

Si invocamos todas las películas de amor que vimos a lo largo de nuestras vidas nos encontramos con denominadores en común, que han sido trabajados de un tiempo a esta parte por la teoría/crítica feminista para desarticularlos: una pareja heterosexual de clase media que tiene un conflicto, nimio en la mayoría de los casos, que les genera una pelea que parece irresoluble hasta que algunx de ellxs (la mayoría de las veces el que responde al rol masculino) hace un gesto grandilocuente que propulsa la recuperación del equilibrio perdido. Tirar piedritas en una ventana, cantar una canción a los gritos en medio de la calle, bailar una coreografía nunca antes vista con todxs lxs pasajerxs de un tren, y un largo etcétera de hechos que funcionan como la materialización de ese amor, la demostración de su existencia.

Dicha caracterización es extrapolable a las canciones, los podcast, los programas radiales, telenovelas, literatura ficcional, en suma, a las producciones culturales que nos rodean y se impregnan en nuestras prácticas y concepciones en torno al amor.

¿Cómo, entonces, se pueden desarticular estas categorías para generar producciones con otras potencias, que propongan otros debates y otras imágenes habilitantes de un nuevo tipo de deseo?

En este sentido, considero que Retrato de una mujer en llamas habilita un mundo en el cual los amores se bifurcan y se convierten en un espacio nuevo, un espacio-otro más habitable que el retratado en las películas románticas convencionales.

En primer término, Retrato de una mujer en llamas es una historia de miradas. Marianne, dibujante y pintora, debe observar a Hélöise para retratarla sin que ella se dé cuenta. A escondidas, capturará sus movimientos, sus reacciones, sus muecas. El retrato, una vez terminado, funcionará como la posibilidad material del casamiento de Helöise con un hombre que no conoce, y es por esto que le rehúye a su concreción. Marianne llega en un momento de quiebre, luego de que Hélöise ha imposibilitado la realización de varios retratos con otros pintores.

El filme logra dialogar constantemente con la condición de lx observadx-observadorx, ramificándola en diferentes relaciones. La película establece una relación consigo misma, refiriéndose al cine y a la pintura, haciendo un retrato de ellos. A su vez, (de)muestra el amor entre mujeres, las ansias del beso, las expectativas de los amores. Es una película que nos mira mientras observamos a sus protagonistas observarse. Es una espiral, un espejo del amor y sus motores. Se aleja de los grandes actos heterosexuales y ese amor se articula silencioso, vulnerable, secreto frente a su amada y frente a lxs demás. Es otro amor o amor-otro, uno moldeado por su contexto histórico y por el accionar en los márgenes de los actos amorosos, un papelito, un dibujo, una caricia y ya no flores y grandes regalos.

En este sentido, el filme logra alejarse también de una noción capitalista del amor, basado en la espera constante e incesante de demostraciones objetuales que materialicen la existencia del sentimiento, haciendo un corrimiento hacia las expresiones más íntimas, defendiendo ese amor de las miradas ajenas escrutadoras, proponiendo otra forma de vinculación alejada de la espectacularización del amor, interpelando a lxs espectadorxs contemporánexs hijxs de las redes sociales y la selfie. ¿De qué otros modos podemos acercarnos a nuestros amores? ¿Es factible escaparle a la virtualidad para gestar un espacio que funcione como refugio? ¿Qué otras miradas son posibles para articular los amores?

De este modo, la mirada subjetiva de Marianne nos hace partícipes de su vinculación con Hélöise a partir de la mirada amorosa con la que la retrata, asimos sus muecas, sus gestos, la comprendemos con ternura, generamos un lazo afectivo. Nos empuja a preguntarnos acerca de la vulnerabilidad del amor, del encuentro con aquellx(s) a quien(es) amamos. ¿Qué entregamos/abrimos/desandamos cuando miramos? ¿Cuánto de nosotrxs queda en ese observar?

Teniendo en cuenta la mercantilización de los afectos (las concepciones en torno a lo privado y lo propio) y un avance neoliberal en nuestros modos de relacionarnos podemos también interrogar(nos) acerca del carácter monogámico que atraviesa los discursos fílmicos en particular y culturales, en general. O, en otras palabras ¿Qué diversidad de amores nos habitan y cómo les damos rienda suelta?

Aquí considero que Retrato… posibilita/inventa un lugar-otro donde encontrarse implica celebrar desdibujando los límites de lo que comprendemos como “lo amoroso”, circunscripto a la relación de pareja, y lo expande/extiende a la amistad. Los amores, como dije anteriormente, están bifurcados, no se mueven en un sentido unilineal sino que se abren, se potencian y se interconectan. Por un lado, Marianne-Hélöise, por otro Marianne-Sophie (trabajadora de la casa en la que viven) y por último, y no por eso menos importante, Marianne-Hélöise-Sophie. Las redes amorosas se gestan entre las tres, los cuidados, las miradas, el fuego está allí como brasero de lo que es una breve ero intensa amistad, haciendo posible la circulación afectiva en una espiral no-monogámica.

En línea con la intención de desmontar la pareja como el pilar fundamental de nuestras vidas y con el anhelo por bocetar vidas más vivibles y en comunidad, creo que la amistad puede comenzar a funcionar como uno de los ejes posibilitantes de relaciones cariñosas, en constante transformación y diálogo, mutables. La película inquieta/atrapa allí, donde los amores se desdoblan, se yerguen, se multiplican. Donde la vulnerabilidad es habilitada como lugar de enunciación, y el amor pasa de ser un campo invencible que todo lo puede a pender de la causalidad/casualidad, de lo inesperado, del riesgo.

Es interesante comenzar a pensar los amores alejados de las nociones que consumimos a lo largo de nuestras infancias/adolescencias, donde se sostenían vínculos basados en el interés y la demanda. Es urgente/necesario empezar a bocetar un amor que duda, que trastabilla, que no acierta, que hiere, que punza. Alejarnos de las prescripciones que dictan cómo debe gestarse y vehiculizarse “el” amor y concebirlo ramificado, expandido. Amores que interpelen, que inviten a pensar, a dialogar, a besar, a cuidar con una amorosidad distante de la violencia. Amores que interroguen, que agujereen.

Retrato… bosqueja estos interrogantes. En una de las escenas más bellas del filme, Hélöise lee en voz alta a Marianne y Sophie el mito de Orfeo y Eurídice (y por las redes sociales circula una foto que pregona ‘amor es que te lean en voz alta’, aunque esencializarlo está lejos de lo que buscamos acá). El filme dialoga, así, con las incertidumbres fundacionales, aquellas que refieren al amor como acontecimiento, como ocurrencia, como invención, suceso y existencia.

Según el mito, Orfeo desciende a la turbulencia del Hades para traer de vuelta a Eurídice al mundo de lxs vivxs, pedido que le otorgan con la única condición de no mirar atrás en el camino de ascenso. Orfeo, presa de sus ansias y desconfianzas, gira la cabeza, encontrándose y despidiéndose, a su vez, del rostro de su amada, que muere por segunda vez.

La lectura despierta un debate respecto a si Orfeo accionó bien o no. ¿Qué perdemos cuando miramos? ¿Qué se nos juega, de lo enteramente nuestro, cuando nos enamoramos? ¿Qué tan dispuestxs estamos a dejar(nos) partir/estremecer y asistir a nuestra caída frente a otrxs?

Podemos pensar que este mito funciona metatextualmente. Nos habla de la relación amorosa entre Hélöise y Marianne, ella la observa sabiendo que la perderá, la encuentra y se despide constantemente mientras la dibuja. Y a su vez, en relación más directa con nuestra contemporaneidad, nos permite preguntarnos acerca de la relación entre lx espectadorx y el filme ¿Qué relación establecemos con las películas que miramos? ¿Qué entregamos y qué perdemos? ¿De qué nos despedimos? ¿Cuáles son los alcances de esa mirada? ¿El cine siempre motoriza pensamientos, sentimientos, acciones, decires, escrituras?

En conclusión, las producciones culturales en su vasta extensión difunden discursos sobre el amor que lo circunscriben a unas pocas características y que tienden a homogeneizar los afectos, pregonando “buenos” modos de amar. Retrato de una mujer en llamas surge en este contexto con la potencia de una flecha que da en el blanco en el primer tiro. Interpela, boceta, dialoga con los amores en todas sus extensiones, habilita amores que se saben “fracasados” desde un comienzo (ellas deben separarse pero aún así se arriesgan) y permite interrogarnos acerca de amores sostenidos en la vulnerabilidad que implica encontrarnos con otrxs. Y nos acerca una certeza, quizás la única en este aspecto, que enamorarse es pura duda y vivencia, pura incertidumbre y existencia. Y que vale la pena el riesgo.

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