El ángel queer que queremos consumir

Rocketman (2019), la película biográfica de Elton John, nos muestra a este ícono musical de los años 70 y 80 como un ángel queer caído en desgracia por sus vicios y su difícil y estereotipado camino para levantarse. ¿Qué nos cuenta este film de nuestros consumos? ¿Qué nos quiere vender?

Unas puertas se abren de par en par, aparece un hombre disfrazado de ángel naranja con brillos y unos enormes cuernos como los de Maléfica. Camina decidido hacia una habitación donde hay otras personas en ronda hablando, se sienta y dice “Soy Elton John y soy un alcohólico y drogadicto”. Desde este  comienzo tenemos el resumen de la película: un ángel caído que toma la decisión de levantarse, es una historia de redención y de trajes ostentosos. Como de historias de redención ya tenemos más que suficiente me interesa hablarles sobre los trajes, sobre el consumo de la imagen de un artista.

Es difícil pensar por separado Rocketman (2019) y Bohemian Rhapsody (2018) ya que salen con menos de un año de diferencia, ambas son dirigidas por Dexter Fletcher, relatan las vidas de grandes íconos del rock-pop inglés de los años 70 y 80 y sus protagonistas son figuras icónicas del universo gay y queer. Tanto Freddie Mercury como Elton John aparecen representados como genios creativos con un don divino que hace que se sienten en un piano y salga una canción. Ambos se presentan como seres prodigiosos que no tienen que problematizar su creación, nunca se traban, jamás les falta una idea, nunca le erran a una nota ni vuelven a empezar.

En ese marco, los vestuarios y los objetos que los rodean cobran un absoluto protagonismo. En el caso de Rocketman, los zapatos y los anteojos de Elton, los trajes pomposos y llenos de brillo y lentejuela, las plumas. Son estos los que nos trasmiten las transformaciones internas de los personajes. El consumo es el verdadero protagonista: las mansiones, la comida, las drogas, las bebidas.

(Hasta el punto de que el Elton John fuera de la pantalla se permite burlarse de sí mismo bromeando sobre cómo logró superar su adicción a las drogas y el alcohol y no a las compras, junto a una actual foto suya rodeado de cajas y bolsas).La película ambientada en los 70 y 80 apela directamente sobre nuestra nostalgia, por lo que no sólo salimos del cine queriendo escuchar a Elton John y la nueva banda sonora de la película, sino que queremos ir a comprarnos todos esos modelos de anteojos que vimos, porque hoy nos gusta consumir lo vintage.

¿Cómo vender artistas luego de que pasó su cuarto de hora? Incluso si son grandes estrellas consagradas a veces es difícil conquistar a las nuevas audiencias, sobre todo a les jóvenes quienes tienen un consumo cultural muy distinto del que se tenía hace tan solo diez años atrás. Hoy en día la respuesta que encontraron es el audiovisual; las películas y las series han demostrado ser la nueva receta mágica para renacer artistas casi olvidados.

Durante la época del cine clásico entre los años 30 y los 50 en la Argentina funcionaba una red de medios que concentraba gran parte del consumo cultural. A través de este entramado circulaban les artistas; por ejemplo si Libertad Lamarque que cantaba en la radio, hacía una película en la que cantaba algún tango, después aparecía en la tapa de “Radiolandia” (revista de la época) y también sacaba un disco con las canciones de la película. Algo similar sucedía en los 60, junto a la televisión nacieron nuevos cantantes populares, como Palito Ortega y Sandro. Ellos salían en la televisión, vendían sus discos, que se escuchaban en las radios y películas que los acompañaban y promocionaban. Incluso Los Beatles tenían sus propias películas, del típico corte cómico y absurdo inglés, como la película Help(1965), del mismo disco. No hay nada nuevo en el uso de producciones audiovisuales para difundir la música de un artista popular, ha formado parte del entramado de intermedial desde la aparición de los medios masivos de comunicación.

Lo que han cambiado en estos últimos años no son tanto las lógicas de difusión, sino nuestros modos de consumo. Porque ya no estamos esperando que salga el nuevo disco de un artista para correr a comprarlo y darnos el tiempo de escucharlo completo como parte de un ritual. Internet cambió todo eso. Hoy en día nos enteramos que salió un nuevo disco o una nueva canción por una notificación de Spotify, una publicación en Instagram o porque salió un nuevo videoclip en YouTube. Podemos escucharlo donde sea que estemos. Si nos gusta algún tema lo subiremos a las redes, quizás lo sumemos a alguna “playlist”, lo extraemos de su contexto y puede pasar a estar en cualquier lado, en relación con otras millones de imágenes.

Gracias a estas transformaciones, la construcción de imaginarios visuales alrededor de los artistasmusicales es hoy más imprescindible que nunca. Éstos deben ser distintivos y llamar nuestra atención entre tantos estímulos visuales cotidianos. Ahora bien, si las películas de Los Beatles o  de Sandro, se ceñían al tema o historia del disco, estas películas actuales son biografías.

No están vendiendo sólo su música, venden un paquete cerrado que es el artista, la vida privada se funde en nuestro imaginario visual de él e incluso lo constituye.

Entonces, si lo que nos venden son paquetes cerrados en los que encontramos la vida privada antes que la creativa, y el modo de vendernos dicho paquete es a través de la construcción de imaginarios visuales llamativos, en este caso ligado al imaginario queer, ¿qué es lo que empaquetan de ese universo visual históricamente provocador, liberador, emancipatorio?

Cuando el personaje de Elton John llega a la clínica de rehabilitación está vestido con su traje naranja. A medida que avanza la narrativa vemos que va despojándose de éste, pierde los cuernos, luego las alas, hasta perder por completo el traje. Hacia el final del film, llegando a su transformación y crecimiento personal para alejarse de los vicios, se encuentra vestido de la forma más normalizadora posible: unos joggings, un buzo y anteojos negros cuadrados. Es decir que para mejorar y ser una gran persona (de esas que crean fundaciones para luchar contra el sida) debe despojarse de los brillos, los trajes y los anteojos de diseño. Me pregunto: ¿por qué, si el elemento más identitario de este producto cultural son sus elementos visuales, es necesario despojarse de ellos para ser un individuo respetable? ¿Por qué, si la construcción de otras imágenes de masculinidad es lo que hizo tan revolucionarios a estos músicos en su época, necesitamos normalizarlos para identificarnos? ¿No era su profundo desdén por las normas de lo aceptable y esperable lo que los ha convertido en los íconos de masas que son o fueron?

En estas películas, el imaginario queer empieza y termina en el uso de brillos, trajes exagerados, colores vibrantes, tacos altos y maquillaje. Pero para realmente comprender quién es Elton John hay que olvidarse de esto, para terminar de comprar el producto completo, llegar a casa y escuchar sus canciones, entonces hay que verlo en jogginetas. Para ser justa, la imagen pregnante que a una le queda de la película es la del Elton cubierto de brillos, pero sobre todo es la ostentación, el lujo. Nos vamos a casa tranquiles con nuestra conciencia: él finalmente se redimió y podemos escucharlo, comprarlo, querer ser él, usar sus anteojos, instagramearlo, subirlo a redes o usarlo. Se ha convertido en un perfecto elemento para la cultura visual que nos rodea y para la industria del consumo joven, que necesita de una buena imagen para acercarse a cualquier producto.

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Mili Villar

Mili Villar

Codirectora