El primer Oktubre sin el Indio nos encontró festejando, leyendo, escuchando y homenajeando. En el JJ Circuito Cultural hicimos un ritual, estas imágenes fueron montadas para acompañar la cita. Ahora elijo compartirlas por acá con las ganas de acercar un camino posible hacia el disco, pero también porque volver a Oktubre produce un espejo deformante que interviene en el presente. En la oscuridad, volver a los nuestros, abrazarnos en la desilusión y la convicción de tener que seguir adelante, festejando, y siempre cuidando tu estado de ánimo.
Fuegos de octubre, una invitación a volver a la lucha, un regreso sin certezas ni seguridades. El mundo en 1986 veía la decadencia de la unión soviética, el desastre de Chernóbil, el auge del neoliberalismo de Reagan y Thatcher. En el lerdo movimiento, la primavera democrática transiciona hacia un otoño donde la cuaresma se encuentra aún con los vestigios de carnavaleras caras pintadas. El del 2026 nos ahoga entre los partidos de ultraderecha, las tecnologías ingobernables, la vorágine algorítmica que no nos deja aburrir, payasos que nos rematan en ventas de recursos escasos. Por eso, una vez más, volver a octubre.
Ahora, la música ya no llora. ¿Qué queda del sueño? Rockeros bonitos y educaditos. Entre fantasmas y simulacros, traidores y decepciones, la violencia que se escondía y la que se libera en los nuevos desenfrenos.
En 1965 Russ Meyer estrena dos películas: la mítica Faster, Pussycat! Kill! Kill! donde tres bailarinas se entregan a la persecución de asesinar a quien se les enfrente, un irreverente éxtasis de locura femenina. En Motorpsycho!, aparece su reverso, el lado A, la versión en positivo de esa violencia, más visible y esperable, cuando son tres motociclistas los que ahora atacan, asesinan y violan.
En 1960 nace un fotógrafo asesino, en Peeping Tom de Michael Powell las mujeres son atormentadas con espejos deformantes: al verse caen obnubiladas en una parálisis fatal. La única que se salva es Helen, la que logra cerrar los ojos. El Tic Tac del reloj del asesino suena mientras revela las imágenes y el montaje final es muy curioso. En él las figuras se desfiguran pero quizás hay que despertar antes de que la película se vele y acostumbrar los ojos a la oscuridad.
Es una cita a ciegas, con el televisor, con ojos bien abiertos que no ven, con algoritmos bien diseñados para no irnos a pique. Las imágenes dicen protegernos, si no advierten: trigger warning.
Los años sesenta resuenan sobre el disco, con la nostalgia de estandartes perdidos. La carrera espacial y los misiles rebotan en ansiedades renovadas. La angustia nuclear recobra sus energías en los ochenta, y Kate Bush canta sobre las luces brillantes en el cielo. Desde el postpunk, “Final Day” nos recuerda que el final nos llega a todxs por igual. Hoy el uno porciento nuevamente dice: ¿hacemos un test para ir al espacio? ¿llegará el Sputnik o el Arsat? Persiguiendo la carrera espacial que al final hará llegar la bomba en tan solo seis minutos de Moscú a Washington. En Chernóbil vemos los restos del naufragio, rayos de aquí para allá y sus perros azules con nosotros, aunque quieran escapar, estamos todos en naufragar.
Pero, así como en Oktubre, hoy cuando el desastre llega tampoco estamos solos. Esto es efímero, también pasará. Mientras tanto, al reloj lo del reloj y tu aliento vas a proteger, en este día y cada día.
Codirectora