Este verano, las pantallas de Malba Cine se cubren de sombras...

Sin lugar adonde ir, queda abrazar la sombra. A través del gótico les proponemos un viaje por una carretera perdida, donde el guía al que seguimos no tiene rostro, donde aquello que vemos nunca es lo que parece. El gótico es el espejo que deforma una subjetividad moderna que pensó poder construirse sobre la luz de la razón y, se olvidó que la luz hace sombra. El gótico no le pertenece a nadie y, sin embargo, se apropia de todo lo que toca. Podríamos decir que se pertenece a sí mismo. Se encierra en lo alto de un castillo, en lo profundo de un bosque y, desde allí suelta su bruma. Es un tono, una bruma que todo lo cubre, que confunde, enloquece y apasiona a los sujetos. La única ley es la de la desmesura, la del descontrol apasionado de lo inclinado, lo desviado, lo prohibido. 

La forma temporal predilecta del gótico es el anacronismo, un tiempo quebrado que surge no del relato histórico articulado, sino de las ruinas que quedaron en el camino, de esos caminos que no llevaron a ninguna parte, pero acosan como promesas de lo que pudo haber sido. En ese sentido el gótico es un tipo eterno que retorna para recordar el fracaso, para mostrar el revés de un progreso que no es posible sin espectros. Porque el gótico es el hábitat de la otredad, de lo desviado, entre paredes y sombras de líneas curvas que no pueden ser encauzadas en el proceso histórico. 

Con este catálogo de sombras les invitamos a mirar las cosas de otro modo, que construyamos familiaridades fantasmales entre películas que comparten algún rasgo de niebla, de confusión, de obsesión y, por qué no, de caprichos oscuros. En este ciclo gótico, las líneas inclinadas del expresionismo alemán se funden en la pasión lyncheana y encuentran en las grandes casas del cine argentino las pistas para seguir un eco de voces femeninas silenciadas y todo tipo de otredades monstruosas que viven en las sombras de la historia. 

El gótico y sus figuras

Criaturas

 invención e imaginación. La historia de la palabra conserva una ambigüedad que confunde los límites de lo humano y lo sobrenatural. “Criatura” refiere a la creación divina; subraya la categoría de “hijos pecadores”; nombra bestiarios enteros cuando en la tierra aún predomina el misterio. Hacer énfasis en el aspecto “generado” o “creado” de algo pareciera producir o evidenciar una distancia, una extrañeza. Nos ubica frente a lo que se mueve entre lo conocido y lo desconocido. Esta figura convoca la mirada, sobre todo la mirada curiosa, que no puede eludir su presencia, que inquieta toda nuestra subjetividad. 

El cine tiene, también en su historia, la virtud de descolocarnos haciendo uso de las mismas categorías que nos prometen resguardo del sueño de la razón. Vestuarios, voces, sonidos, rostros de Hollywood, componen monstruosidades que se han vuelto clásicos: vampiros voraces, autómatas grotescos, fantasmagorías acechantes.

David J. Skal, en “The monster show”, propone siempre recordar la matriz histórica del monstruo y, desde allí, recuperar el abanico de emociones que es capaz de suscitar. Al ser espejo de nuestras ansiedades, puede producir miedo pero también fascinación. Rechazamos, huimos, pero sostenemos la vista y muchas veces estamos a la altura de la bestia, desde los primeros planos de los alaridos de las víctimas o entre las sombras más oscuras.

En el vasto catálogo de lo gótico, las criaturas componen íconos pop: imponentes, atrayentes y obsesivamente memorables. Son, como las llama María Negroni, “miniaturas” que concentran “emblemas de su tiempo”. Su presencia no se agota en la pantalla, habitan nuestra memoria cultural. Como invenciones mágicas que son, podemos abrirlas para poner en movimiento impresiones de su época desde nuestro presente y observarnos a nosotros mismos a través de ese intercambio rarísimo.

Ecribe Melina Mendoza

Espectros

Espectros

como el espacio que queda flotando en el “entre” de una subjetividad escindida. ¿Qué sucede con aquello que retorna como niebla, como lo que no se puede ver, como fantasma? La tradición del gótico invita a pensar que los espectros son la sombra de una razón que pretende iluminarlo todo, son el aliento helado de su fracaso y guardan el trágico secreto de una imposibilidad. Si la razón ignora que la luz hace sombra, los fantasmas, por el contrario, conocen la noche, soportan el misterio de lo no resuelto y desde ese “no-lugar” acechan con la duda. Allí, en esa eterna noche viven los sin rostro, lo desconocido, la forma radical de la otredad que emerge de la herida que fragmenta al sujeto moderno. Desde esas cajas de compartimentos en las que el iluminismo fragmentó espacialmente el mundo, los espectros amenazan con salir a desestabilizarlo todo. 

Como menciona María Negroni (2009), el gótico arma un corpus nocturno que, desde lo afiebrado, crea una resistencia a la cárcel de la razón. Es decir, con sus fantasmas de lo nunca nombrado, la pasión gótica forma una grieta en el diseño geométrico de la subjetividad moderna y, desde esa ruptura sutil pero constante, impide que la arquitectura del orden se cierre sobre sí misma. Cuando hablamos con los espectros ninguna jerarquía de pensamiento es posible. Su respiración helada es caótica y se reconoce únicamente como dueña de sí misma. No responde a los dogmatismos de la razón, se pertenece y desde allí contagia a todos “los otros” del mundo. 

La figura del espectro establece un vínculo estrecho con la noche y la orfandad. Se toca en la oscuridad con uno de los miedos más profundos de la infancia: “¿a dónde va el mundo mientras nos vamos a dormir?”. El espectro recuerda un mundo que se perdió y que se pierde constantemente. Su naturaleza es la melancolía del paso del tiempo que vuelve transformada en algo amenazante, algo que, de tan propio, asusta.

Por último, si los espectros recuerdan el impulso gótico de querer ver en la oscuridad de un mundo infantil que sobrevive, quizás sea el cine el mejor lugar para permitirnos cumplir el sueño de caminar entre fantasmas. 

Escribe Ofelia Meza

Dobles

Dobles

y locura, humano y no humano: polaridades de una mentalidad moderna que privilegió las primeras y negó las segundas, como si pudieran ser omitidas de la experiencia. Sobre esa jerarquía se erigió una subjetividad pretendidamente estable, coherente y unificada. Sin embargo, con el paso del tiempo y el desencanto frente a la propia condición histórica, las sombras de ese sujeto comenzaron a hacerse visibles, especialmente en la esfera de la ficción que, consciente o no, puso en palabras, imágenes y sensaciones lo que el discurso racional callaba. El gótico, siempre al acecho de los pliegues donde la razón se agrieta, encontró en el doble su encarnación más precisa: la figura que devuelve, como un espejo deformante, aquello que se quiso negar.

El doble es el yo que desobedece al yo, la grieta por donde se filtra una versión invertida, desbordada o temida de uno mismo. De acuerdo con María Negroni, en la tradición gótica nacida del Iluminismo, su aparición anuncia un desajuste en los esquemas del saber. Desde los doppelgänger de la literatura romántica alemana, pasando por el pesimismo nocturno del cine negro, el binomio civilización-barbarie en América Latina y la amenaza a la humanidad por parte de las máquinas (trabajado por Mark Fisher en sus Constructos flatline), el doble nos enfrenta a la evidencia de que no somos dueños absolutos de nuestra identidad, ni siquiera como civilización. 

El cine ha sabido explorar esta figura a través de encuadres, espacios, juegos de luces y sombras y montajes que confunden al espectador sobre quién es quién. Siglos después de las primeras apariciones de lo gótico, sigue siendo la ciencia y la técnica el criadero de nuestras ansiedades sociales. En tiempos de inteligencia artificial, donde voces y rostros pueden ser reproducidos y manipulados con precisión inquietante, la pregunta persiste: ¿cómo diferenciar el original de la copia?, ¿dónde se ubican el bien y el mal?, ¿qué nos distingue de lo no-humano?

En tanto estilo anacrónico, el gótico retorna una y otra vez, como la niebla carpenteriana, en distintas geografías y momentos históricos, buscando contaminar lo nuevo de una sospecha antigua. El doble, en este sentido implica la supervivencia de pasados en un presente que se percibe como fragmentado, y señala un posible vitalismo entre ruinas. Implica asimismo la evidencia de que el futuro no siempre avanza en una calle de dirección única, pero también que mucho del pasado no clausurado puede guiar nuestros pasos. 

El doble es la sombra que nos acompaña incluso al mediodía, una parte desplazada que regresa para reclamar su lugar. En su presencia, el gótico nos recuerda que la luz más intensa proyecta las sombras más densas, y que mirarnos de frente implica aceptar que, de cierta forma, siempre somos más de uno. ¿Y si lo dejamos entrar?

Escribe Julia Gonzalez Narvarte

Reclusión

Reclusión

 Los locos, las brujas, los fantasmas, y los monstruos comparten la topología de la reclusión. En sus encierros, hay criaturas que esperan agazapadas para aterrorizar nuevos e inocentes habitantes como en Beetlejuice (1988), Terror en la Ópera (1987) o Psicosis (1960). A través de múltiples versiones y reapropiaciones, estos espacios transmutan del castillo medieval hacia las arquitecturas naturales de las cuevas o las decimonónicas mansiones victorianas. Estas “moradas negras” se caracterizan por su profundo aislamiento, alejadas de los centros urbanos, tomadas por la naturaleza y olvidadas por el paso del tiempo, que las convierten en ruinas o mausoleos. La topología de las sombras separa claramente a las criaturas góticas del mundo “civilizado”; el mayor crimen del Conde Drácula es adquirir propiedades en Londres. 

Pero no solo las criaturas viven encerrados en las penumbras. En su amor por la anacronía, el gótico presenta la domesticidad como un loop fantasmáticamente circular: las mujeres prisioneras en el hogar marcan el ritmo de la ansiedad gótica. En su versión melodramática, la reclusión femenina sucede después de un rápido matrimonio, como en Rebeca (1940) o El bebé de Rosemary (1968). El cine argentino desplegó su propia tradición de encierros femeninos: las casaderas en La trampa (1949) o  Más allá del olvido (1954). O las familias patricias estancadas en el pasado, recluidas en casonas o mansiones que son sombras de sus antiguos esplendores como sucede en la trilogía de Torre Nilsson: desde La casa del ángel (1957), pasando por La caída (1959) y cerrando con La mano en la trampa (1961). También es así en  Las furias (1960), la primera película de Vlasta Lah y el debut del cine dirigido por mujeres, que luego continuará la deriva gótica con la ópera prima de Martel en La ciénaga (2001). Pero estos encierros domésticos, burgueses o populares, también les llegan a los personajes masculinos que, en sus melodramas, son atrapados bajo las garras de una mujer al acecho, estos son los destinos del protagonista de Camino del infierno (1946) y de El dependiente (1969).

Quizás la más trágica de las reclusiones es la que viene después de la muerte. Los castillos y las mansiones contienen los rastros de antiguos habitantes: retratos sobre las chimeneas, monogramas que marcan objetos, armarios repletos de ropa, puertas cerradas. Los fantasmas que acechan a los vivos son los reales prisioneros, los que nos recuerdan que aunque desterremos a los monstruos y olvidemos el pasado, siempre nos están esperando, listos para volver a cercarnos. 

Escribe Mili Villar

Encuadra escribe el gótico...

Océanos de tiempo

Por Ofelia Meza
¿Vampiros enamorados vs. sujetos cool desinteresados? En un mundo que invita a la desafección sistemática, el cine sigue estrenando películas sobre las pasiones del conde Drácula y nos invita a preguntarnos qué pueden decirnos hoy los vampiros sobre el amor.

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Bajar no es lo peor

Por Danila Nieto
Quienes hemos descendido alguna vez sabemos habitar la decadencia. Muchas veces, el recorrido tiene la forma, la perspectiva, el calor, la humedad y el aroma de las escaleras de Requiem Club. Fundado en 1999 en el lugar donde anteriormente funcionaba Pantheon (otro templo que congregaba viejos y nuevos darks), se erigió como un antro porteño, un antro comunitario; una heterotopía donde se congela el tiempo, el espacio, los acontecimientos y las identidades.

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Poor things: todo lo sólido se desvanece en sus pliegues

Por Julia Gonzalez Narvarte
El pliegue, y no simplemente “lo ornamental” o “recargado”, es una figura barroca por excelencia, aquella que no parece tener fin y que va conteniendo cada una de las partes en la anterior. “El rasgo del Barroco es el pliegue que va hasta el infinito”, escribió Deleuze. De esos pliegues iniciales en el hombro del vestido de Bella se irán desplegando otros. Analizarlos es la tarea que me propongo hacer aquí.

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Oscuridades reflejantes

Por Mili Villar
Escribo en medio de un proceso electoral y este texto está costando en salir, va por su tercera reescritura, y los días siguen pasando. Los debates y los resultados van cambiando; igual persisto, convencida de que lo que voy a escribir no va a quedar viejo de una semana para la otra o de un día para el otro como suele pasar con los análisis de coyuntura. A pesar de que este es un análisis de coyuntura, no es de Milei, ni de Bullrich o Massa, eso sí quedaría viejo. No son ellos los que ocupan mi cabeza estos días; en cambio, me dedico a repasar momentos de la historia.

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PUPILA, un mar de noche

Por Ofelia Meza
La muestra “Pupila” del artista argentino Ariel Basualdo (1977) se ubica en el último piso del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires. Luego de un recorrido exhaustivo por las instalaciones y muestras en exhibición, uno de los dos amigos con quien fui me dice que lo que está arriba le dio unas vibras raras, creo que la palabra “miedo” fue mencionada en el intercambio

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De perlas verrugosas

Por Melina Mendoza y Danila Nieto
Al ingresar a la sala donde se exhibe Cuerpos mutantes, en el Museo de Arte Moderno, lo primero que se ve —y por su tamaño, lo primero con lo que se choca— es una escultura, una monstruosidad animal. Esta última frase debería plantearse como una pregunta: a primera vista no hay algo que asegure que esta corporalidad verde de espuma poliuretánica, chiclosa, con un inesperado tul rosado, exista en esta realidad en la que persisten categorías como la de especie. Probablemente la altura de Cisne Hiel 27 (Mauro Guzmán, 2021), sus cuatro patas, los cuernos de venado lleven a asociarlo con la animalidad, pero ¿qué es esta tendencia a definir lo que vemos? ¿Qué ocurre con nuestra mirada, con nuestra experiencia del cuerpo, en el roce con lo extraño?

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La casa que chorreaba sangre

Por Melina Mendoza
El lugar habitado puede ser, según Bachelard, un espacio para la ensoñación, en la medida en que se disputa allí la posibilidad de que aspectos simbólicos como la memoria, el pensamiento y la imaginación adquieran una materialidad, un cuerpo, “un rincón en el mundo”. Subrayo “ensoñación”: en esta potencia para la fantasía, en la construcción de una temporalidad y una lógica propia, también se gesta la pesadilla. Si la casa presenta un modo de organización de la vida, en la amenaza de subversión de esta estabilidad se ubica lo siniestro. No obstante, ¿qué otros efectos despierta esta figura? ¿Puede pensarse al orden mismo como monstruosidad? Y, si así fuera, ¿imaginar nuevos vínculos con los territorios?

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El goce felino

Por Ofelia Meza
Batman Returns puso en escena a LA gatúbela. Escandalizó a McDonald´s y a los padres por su representación de una mujer-gato que goza de su sexualidad y de la destrucción de esquemas de representación femenina en pantalla.

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