y locura, humano y no humano: polaridades de una mentalidad moderna que privilegió las primeras y negó las segundas, como si pudieran ser omitidas de la experiencia. Sobre esa jerarquía se erigió una subjetividad pretendidamente estable, coherente y unificada. Sin embargo, con el paso del tiempo y el desencanto frente a la propia condición histórica, las sombras de ese sujeto comenzaron a hacerse visibles, especialmente en la esfera de la ficción que, consciente o no, puso en palabras, imágenes y sensaciones lo que el discurso racional callaba. El gótico, siempre al acecho de los pliegues donde la razón se agrieta, encontró en el doble su encarnación más precisa: la figura que devuelve, como un espejo deformante, aquello que se quiso negar.
El doble es el yo que desobedece al yo, la grieta por donde se filtra una versión invertida, desbordada o temida de uno mismo. De acuerdo con María Negroni, en la tradición gótica nacida del Iluminismo, su aparición anuncia un desajuste en los esquemas del saber. Desde los doppelgänger de la literatura romántica alemana, pasando por el pesimismo nocturno del cine negro, el binomio civilización-barbarie en América Latina y la amenaza a la humanidad por parte de las máquinas (trabajado por Mark Fisher en sus Constructos flatline), el doble nos enfrenta a la evidencia de que no somos dueños absolutos de nuestra identidad, ni siquiera como civilización.
El cine ha sabido explorar esta figura a través de encuadres, espacios, juegos de luces y sombras y montajes que confunden al espectador sobre quién es quién. Siglos después de las primeras apariciones de lo gótico, sigue siendo la ciencia y la técnica el criadero de nuestras ansiedades sociales. En tiempos de inteligencia artificial, donde voces y rostros pueden ser reproducidos y manipulados con precisión inquietante, la pregunta persiste: ¿cómo diferenciar el original de la copia?, ¿dónde se ubican el bien y el mal?, ¿qué nos distingue de lo no-humano?
En tanto estilo anacrónico, el gótico retorna una y otra vez, como la niebla carpenteriana, en distintas geografías y momentos históricos, buscando contaminar lo nuevo de una sospecha antigua. El doble, en este sentido implica la supervivencia de pasados en un presente que se percibe como fragmentado, y señala un posible vitalismo entre ruinas. Implica asimismo la evidencia de que el futuro no siempre avanza en una calle de dirección única, pero también que mucho del pasado no clausurado puede guiar nuestros pasos.
El doble es la sombra que nos acompaña incluso al mediodía, una parte desplazada que regresa para reclamar su lugar. En su presencia, el gótico nos recuerda que la luz más intensa proyecta las sombras más densas, y que mirarnos de frente implica aceptar que, de cierta forma, siempre somos más de uno. ¿Y si lo dejamos entrar?
Escribe Julia Gonzalez Narvarte