La insoportable incomodidad de lxs supermocosxs

Brat Pack es un cómic que quedó soslayado en la historia, un poco por perverso, otro poco por asqueroso, pero fundamentalmente por polémico: materializó el lado oscuro de los superhéroes y puso el acento en sus acompañantes, sus niñxs amigxs. ¿Hasta qué punto se pueden “hacer carne” las habladurías de nuestrxs justicierxs ficcionales?

1-900-720-2666 o 1-900-720-2660. Un número de diferencia y 36 horas tuvieron lxs lectorxs de Batman en septiembre de 1988 para llamar y decidir si Jason Todd, el Robin de turno, merecía morir o no. Uno de los eventos (si no el) más polémicos en la historia de DC, del cómic, ¿del arte? El arte en la época del público como factor decisivo de la continuidad de lxs personajes.

Hoy probablemente no nos resulte tan extraordinario: observamos (y somos partícipes) de las modificaciones que surgen a partir del amor o la carencia de él que suscitan en nosotrxs distintos elementos de las ficciones que consumimos. Pero hoy, claro, los medios para detectar esas fluctuaciones son muchísimos y definitivamente más velados, en tanto no suponen la intención explícita de sus creadores de delegar en nosotrxs esa responsabilidad. Basta con leer algunos hilos de Twitter, revisar discusiones de Reddit o enclaves afines para establecer un promedio. Prueba suficiente (y reciente) de que de hecho lxs productores abrevan en estos antros es –muy pasionalmente sentido– The Rise of Skywalker (2019, J. J. Abrams), comúnmente tildada en esas mismas redes de fan service

Pero que pasó, pasó. El tercer número del arco Una muerte en la Familia (sí, así de literal) cerraba con la interpelación directa “Robin se va a morir por culpa del Joker, pero vos podés prevenirlo con una llamada telefónica”. El Joker lo había molido a palazos a Jason Todd, pero en un gesto que podríamos leer como germen de los reality shows, el pueblo lo podía salvar. El mismo pueblo, que ya se había expresado disconforme, lo mató, 5.343 votos contra 5.271.

Dos años después salió a la luz Brat Pack, un cómic de Rick Veitch que se proponía deconstruir a lxs sidekicks o “niñxs compañerxs” de lxs superhéroes. Que Robin hubiera muerto (y que nosotrxs lo hubiéramos matado) fue el detonante de la puesta en circulación definitiva de las reflexiones sobre la función de estxs niñxs ¿hijxs? ¿sirvientes? ¿proyecciones? Esto, sumado al rechazo de DC de las propuestas “osadas” que Veitch tenía para otra de las tiras regulares, y la necesidad de reponer lo antes posible a Robin con otro muchachito para poder seguir vendiendo todo el merchandising con su cara, terminaron de constituir el caldo de cultivo propicio para este cómic. Entre muchas otras cosas, en Brat Pack Veitch les dio voz a lxs sidekicks, parodiándolxs, en un escenario cuasi-apocalíptico en el que la encuesta telefónica lxs ponía en jaque a todxs ellxs: un supervillano llama a una radio y convoca a que la gente vote si es mejor aniquilar o dejar vivir a esxs mocosxs tan molestxs. Respetando la historia, se decide matarlxs. El malo, malísimo Dr. Blasphemy entonces intenta llevar a cabo su cometido con una explosión que afecta a todos lxs sidekicks paródicxs. Chippy es el único que se salva, e igualmente queda de él una versión monstruosamente desfigurada y mutilada. Irónico, porque Chippy hace las veces de Robin, pero en la “vida real” (no me alcanzan las comillas) fue el único que de hecho murió. La ficción le permite a Veitch dejar con vida a este falso Robin para que diga (o mejor, muestre) lo que Jason Todd no pudo.

La representación que Veitch pone en juego de lxs superhéroes y sus acompañantes se hace eco de todos esos rumores que históricamente circularon sobre ellxs: Batman es pedófilo, Superman (y/o Capitán América) fascista, la Mujer Maravilla detesta visceralmente a los varones, y Green Arrow (y/o Iron Man) es drogadicto. Casi ninguna página es regular, las viñetas se amontonan, se cortan, se desplazan, no existen. Forma y contenido están dispuestos para incomodar, para correr, exceder los límites del universo acartonado del mismo mundillo mainstream del cómic que Veitch había abandonado.

La cosa es que, para mantener sus contratos y millones, lxs superhéroes deben reemplazar a sus difuntxs amiguitxs. Ese es el puntapié para que Veicht descargue (emocional, gráfica y textualmente) unas ciento y pico páginas que llevan esos rumores hasta sus últimas consecuencias, y un poco más allá también. Los “ritos de iniciación” de lxs nuevxs discípulxs, ansiando la fama de lxs que fueron cruelmente asesinadxs, me atormentaron por varias noches de cuarentena. Inyecciones, exposición mediática, alcohol, dolor infinito… nada era suficiente. Salvando las distancias, podríamos pensar que muchas de las caras que conocemos que salieron del Club de Mickey Mouse podrían hacer suyos muchos de los sentires de estxs, como ellxs, niñxs estrellas. Britney se rapó, Lindsay Lohan manejó bajo influencias un par de veces, Macaulay Culkin también tuvo una relación complicada con las adicciones… La visibilidad temprana (¿qué tan lejos de un reality show cuando pensamos, por ejemplo, en los inicios de Stranger Things y la proliferación desmedida de información sobre sus protagonistas?) no es sin sus consecuencias: en la realidad y en la ficción, a un tiempo, reverbera la impresión de un consumo que por tan masivo orilla lo descartable.

En Brat Pack, Wild Boy tiene que drogarse y emborracharse para ganarse el amor de su amo, Kid Vicious tiene que inyectarse esteroides para ser fuerte, Luna tiene que castrar y evadir el semen de los varones, y Chippy tiene que transfusionar sangre nueva para recibir la inmunidad de su “amo”, el falso Batman. Toda la (de)construcción de la figura del sidekick está invariablemente determinada por el exceso. Linda Williams escribió, casi contemporáneamente a Brat Pack, que podemos pensar los géneros cinematográficos a partir de lo que desencadenan en nuestros cuerpos, y lo que los cuerpos en pantalla muestran. El melodrama es inescindible de las lágrimas de emoción que nos salen en las escenas de despedidas amorosas, así como el porno se vincula con la eyaculación, y el terror con la sangre y los gritos.

Fluidos: una y otra vez, el exceso se materializa en viscosidades, líquidos, elementos que actualizan en sí mismos la idea del descontrol. No podemos nosotrxs contenerlxs en nuestros cuerpos, pero tampoco podemos contener, discretamente, lo acuoso y gelatinoso.

Mientras está sucediendo la transfusión de sangre iniciática del Chippy nuevo, reemplazando al presuntamente muerto, aparece el Chippy viejo, zombie, y se desploma formando una mancha tóxica ante el falso Robin suplente. Acompaña esta secuencia una narración “acusmática” (es decir, sin origen visible) que la podemos adjudicar a lxs locutores de la radio que establecen “‘Lxs especuladores nerviosxs temen que todo este mercado [de los cómics y sus derivados] sea inestable y pueda experimentar una caída súbita en cualquier momento. Incluso hasta colapse completamente. Y si lo hace, el fan del bratpack de hoy se quedará sin sostener nada más que un recuerdo’”.

El Chippy monstruoso, el Robin que no fue, empalma, metafóricamente, con ese mercado comiqueril decadente. “Recuerdo”, incluso, es mi traducción económica, el original dice “blast from the past” que es una expresión fosilizada del inglés, una locución verbal, algo como “pantallazo del pasado”. Blast, sin embargo, también (dice Google Translator) puede ser “explosión, chorro”. A Chippy lo liquidó –en cuanto sentido de la palabra sea posible asociarle– ser quien era (tanto amor descartable): deviene un charco inmundo de huesos, sangre, y vaya uno a saber qué más; pero lo relevante es que, tal como reza el anuncio y se repite hasta el hartazgo en carteles y pintadas en esa ciudad ficticia, muere con la máscara puesta. Vivió rápido pero dejó un cadáver horrendo, incómodo, inmirable. Con todo, representa iconográficamente todo el ideario superheroico al dejar tras de sí el antifaz. Bajtín nos enseñó que la máscara siempre es negación de la identidad, epítome de lo metamórfico y el sentido único, lo que nos permite siempre jugar a ser algo más.

La muerte-disolución-liquidación de Chippy es, en todos estos sentidos, la rotura de límites. Es el cuerpo que de tanto tóxico terminó pudriéndose, y la putrefacción no puede más que consumarse en una materialidad que escapa y se escurre y explota, y rima desagradable pero acompasadamente con ese ocaso de la ficción superheroica que queda tematizada en los cuadros de texto. Por extensión, y por lo explícito del punto de inicio del conflicto, rima tanto o más con el evento ¿“real”? de la muerte de Jason Todd.

Veitch aborda (y desborda) en su cómic esa separación que desapareció entre realidad y ficción a partir del tercer número de Una muerte en la Familia mostrando el exceso de la manera más visceral posible, volviéndola tema y carne (o lo que quede de ella) en Brat Pack. Mostrar todo lo que queda “en el fuera de campo”, en los rumores, en las hipótesis mal o bien intencionadas alrededor de lxs superhéroes supone para él reinventar todo ese contenido, tan cuidadosamente ocultado y negado en las “historias oficiales”, como la materialidad más asquerosa y menos susceptible de respetar límites que se pueda. En la fluidez de Chippy queda inscripta la (con)fusión de todos los elementos, ficcionales y no tanto, que resignifica Brat Pack. Porque todos esos tabúes, esas habladurías, aunque no quieran contárnoslas, en algún resquicio de internet, hoy, tarde o temprano, supuran.

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