Las habilidades de Villanueva y Leber

En una galería de Villa Crespo, Leber y Villanueva despliegan piezas que configuran un ambiente inmersivo. Sostenido por una música interestelar, nos recuerda a los cuartos de infancia y sus cielorrasos con estrellas fosforescentes. Igual que las pegatinas, las piezas “están cargadas” por energías prestadas: las obras del museo Rosa Galisteo.

En Las habilidades Santiago Villanueva y Daniel Leber ofrecen, al modo de una instalación, un conjunto homogéneo de piezas que cubre las paredes de la galería pm del piso al techo. De metal o de madera pintada, las piezas son engarces de formas o, en palabras de los artistas, símbolos compuestos por signos combinados entre sí. Cada pieza representa una obra de la colección del Museo Provincial Rosa Galisteo de Rodríguez de Santa Fe y se compone por las diferentes “habilidades” que los artistas distinguen en ella.

La muestra se desprende del proyecto homónimo que Villanueva desarrolla con la colección y por invitación del museo desde 2017, que aún no ha podido mostrarse en sus salas. En el marco de la pandemia y con los museos cerrados, una sección del proyecto se autonomiza para ser presentado temporalmente en Buenos Aires, dibujando una circulación atípica entre espacios oficiales y galerías independientes.

Estos dos artistas e historiadores del arte hace rato vienen recuperando desde su obra episodios más o menos conocidos del arte argentino y americano que vinculan abstracción geométrica, vanguardia, esoterismo y decorativismo. Como runas, jeroglíficos, elementos de la tabla periódica o emoticones, los símbolos que exhiben en pm son líneas que precisan de un trazo firme y buena factura para convocar fuerzas secretas. La piedra (fundacional) son las obras del Rosa Galisteo. La madera y el metal completan el trío de materiales primarios donde los símbolos toman un cuerpo de mínimo volumen a la manera de amuletos, monedas y gongs que expanden el sonido.

La elección de colores para las piezas podría referir a la carga social del color (rosa y celeste como una división de género), a la historia del arte “universal” (el bronce y la plata de la escultura clásica) y local (el rosa “de los ‘90”, el amarillo ¿dorado? que los artistas dicen haber usado para las piezas “ingenuas”). Las paredes, blanqueadas para la ocasión, le hacen de infinito a estas coplanares (un guiño al arte concreto) suavizadas en pastel.

Las piezas reúnen a través de signos precisos las potencias inscriptas en las obras del museo. Combinan poderes animistas con capacidades de transmisión de información, al modo de un código QR que puede leerse para entrar en una dimensión ausente en el plano físico. Lo tecnológico y lo mágico, lo nerd y lo afectivo, sobrevuelan como nociones no dicotómicas.

Desde la curaduría del proyecto Las habilidades, Villanueva desarrolla una metodología de acercamiento a la colección del Rosa que parte de una pregunta incómoda, casi metafísica: “¿por qué están acá estas obras?”, es decir, ¿por qué conforman el patrimonio? Para abordar la cuestión, desplaza la atención de la autoría y las fechas de ejecución de las obras, y la traslada hacia las fechas y los modos en que ingresaron al museo. De esta manera, invierte la perspectiva desde la que se podría pensar la conformación de una colección, un entramado de voluntades personales e institucionales, para imaginarla como el resultado de unas habilidades de las que unas obras se valieron para atravesar los gruesos muros del museo y conseguir su protección.

Una vez que el corpus de obra a trabajar estuvo seleccionado, Villanueva invitó a Leber a observar y consignar sobre una planilla de Excel las habilidades que podían distinguir en cada obra, dando lugar a un ejercicio de consenso. Juntos desarrollaron un trabajo de campo donde, como científicos chamanes, recolectaron en obras de arte datos para clasificar e imitaron los procedimientos más novedosos de las Humanidades y las Historias del Arte que incorporan metodologías cuantitativas para corroborar sus hipótesis. Al mismo tiempo, por efectuar un juicio estético sobre las obras, ocuparon momentáneamente la figura de les jurades del Salón de Otoño (certamen que ha dado ingreso a gran parte de la colección) o les directores del museo que han aceptado donaciones y realizado adquisiciones. Sin embargo, lo tardío y obsoleto de sus dictámenes convierte la escena en una pantomima que remite a los shows televisivos donde se premian las capacidades con el alzamiento de carteles valorativos en función de los talentos.

En paralelo, los artistas tradujeron cada habilidad distinguida a un signo lineal, un dibujo simple, definido como una unidad. La agrupación y combinación de las unidades que conforman cada obra da como resultado el símbolo que la representa. En algún momento, estos símbolos, trasladados a las tres dimensiones, se montarán al lado de la obra correspondiente del Galisteo. Durante la inauguración en pm Leber nos señaló una lámina colgada en la entrada y nos explicó que si encontrábamos, por ejemplo, un cuadrado dentro de una pieza, significa que la obra representada tiene la habilidad del cuerpo; el círculo, en cambio, es la habilidad de la emoción; la forma que parece una escalerita, es la habilidad del autoanálisis; la que parece el perfil de una ciudad, la habilidad de la realidad…

A pesar de su faceta lúdica, Las habilidades no es un proyecto irónico. Es una propuesta de trabajo con una colección patrimonial que arriesga a desestimar el concepto de calidad e invita a suponer las obras como objetos capaces de interaccionar con el ambiente y provocar efectos en las personas, en las instituciones, en las arquitecturas, en los diseños de las ciudades. La operatoria desplegada sirve para aplicar una metodología que produce un cambio en la entidad de aquello que se observa y permite ver cómo las obras se convierten en símbolos de acceso a lo inefable.

En cierto aspecto, la posibilidad de abstraer de las obras representaciones de “formas puras” se puede vincular con lo que Rudolf Arnheim propuso a mediados de siglo XX para captar lo sensible. Las percepciones de las formas visuales, en tanto campo de atravesamiento de fuerzas, se generan por inducciones basadas en conocimientos previamente adquiridos: los “conceptos perceptuales”. Los modelos examinados por Arnheim en Arte y percepción visual constituyen algo así como un catálogo o un manual escolar de posibilidades de encastre y combinación que da por resultado un ejercicio clasificatorio de las unidades perceptivas posibles, limitadas y cuantificables. La colección duplicada y paralela de Villanueva y Leber en pm es una revisión directa de la colección del Rosa pero también una hipótesis estética para plantear un acercamiento analítico a las obras de arte desde unos criterios que funcionan como herramientas trascendentales.

La propuesta es seductora y tienta imaginar su expansión. Digamos que la noción de habilidades y la metodología desarrollada podría aplicarse a las colecciones de todos los museos del mundo y, además, pensarse para qué otros objetivos usan y usaron las obras sus habilidades: ¿ingresar a una colección privada?, ¿viajar desenfrenadas de una exhibición a otra?, ¿volverse virales detrás de las selfies?, ¿ser vendidas a cambio de una fortuna sideral? Los científicos a cargo y sus planillas podrían, en poco tiempo, ser reemplazados por un algoritmo, un régimen que pueda explicar todas las obras y traiga para la teoría del arte una superación matemática. La idea de un sistema que se auto-reproduce ya está acechando en la muestra cuando nos enteramos que todas las piezas remiten a una obra del Rosa Galisteo, menos una: los artistas la han inventado ex nihilo con la combinatoria de sus propios signos. Esa pieza, colocada al final del recorrido, augura un futuro con una inteligencia artificial de pulso predictivo que, luego de estudiar cada museo, crea por sí misma obras de arte para humanos.

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