Sonría, lo estamos filmando

A la luz de los conflictos con Irán y de los avances de políticas de derecha en gran parte de América y Europa, la artista libanesa Mona Hatoum nos recuerda en sus obras los mecanismos de control y vigilancia a los que podríamos enfrentarnos.

Una nueva década es abrazada comúnmente con la esperanza de cambios y mejoras. Sin embargo, los aires de un próspero año nuevo no tardaron en entibiarse y enturbiarse con la llegada del 2020. Dos días luego del brindis, el presidente de EEUU Donald Trump ordenó la eliminación del general Qassem Soleimani, líder de la fuerza iraní Brigadas Quds, como represalia por el asesinato de un contratista estadounidense en Irak. El ataque a esta venerada figura reactualizó las tensiones con Medio Oriente, a la vez que activó una sucesión de conjeturas y predicciones histéricas que re-acentuaron el miedo hacia ese Otro iraní. En éstas resuenan dichos xenófobos, y más específicamente islamofóbicos, poniendo en tela de juicio la idea de una sociedad multicultural, mundializada y tolerante.

El incremento de mercados financieros desregulados con flujos de capital global y divisas parece haber generado la ilusión de una fractura entre los Estados-Nación, donde el mundo se presenta como una totalidad integrada y de libre circulación. Pero, a ciencia cierta, ¿Alguna vez se dejó de lado el miedo hacia el Otro? En esta era globalizada, ¿Es tan libre la circulación como parece? ¿Es realmente bien recibido el migrante si no es blanco, de clase alta y proveniente de un país central?

Por muchas razones parece ser el ámbito de la cultura un lugar común en el que se intenta dar respuesta a estas preguntas. Muchxs artistas ponen sus obras (y sus cuerpos) para cuestionar categorías que desde la modernidad continúan reformulándose. Mona Hatoum es una de ellxs y se halla inmersa en este contexto denunciándolo a través de su obra. Su trabajo (y parte de su biografía) está atravesado por avatares que vive día a día el sujeto desterritorializado. El desarraigo y el exilio aparecieron en su historia incluso antes de su nacimiento.

Mona nació en el seno de una familia palestina a la cual se le imposibilitó la vuelta a su país, quedando estancada en una sociedad libanesa sin ánimos de integración. Luego, con poco más de veinte años, la artista tuvo que vivir el desarraigo en carne propia. Durante su primer viaje a Europa quedó atascada en Londres debido al estallido de la guerra civil en Líbano. Tanto Hatoum como sus padres se vieron en una situación característica de nuestra contemporaneidad: se hallaron, en términos del teórico Eduardo Grüner, en una especie de linde, es decir, en un espacio entre-dos que crea un tercer espacio de indeterminación en donde las identidades están en vías de redefinición. Hatoum problematizó desde su producción estos aspectos con diferentes técnicas, tales como la escultura, las instalaciones, las video-performance, entre otras.

En el año 2009 creó Hot Spot, una obra en la cual representó al mundo en forma de una gran jaula de dos metros y medio, en donde las fronteras de los continentes se ven delimitadas con tiras de neón rojo vibrante. 

La artista interrogó la noción de frontera, en una obra que emana por sí misma la energía intensa de un mundo en constante alerta. Los límites se presentan todos como puntos calientes donde se disputan batallas por el reconocimiento de sujetos que deberían ser incluidos pero que en la realidad son tratados como Otros peligrosos. Esta fobia a lo distinto, lejos de ser tapada bajo un manto de tolerancia, aparece como defensa necesaria de lo propio. A ciencia cierta, la inmigración es vista como una amenaza hacia el status quo de los países occidentales que responden con xenofobia, racismo y control.

En este sentido, la lógica de la globalización capitalista no desmiente la necesidad de la existencia del Estado-Nación, sino que constituye un complemento. Entre otras razones, porque un ordenamiento nacional continúa siendo el método más eficaz para mantener el control en la sociedad. En torno a este dilema, en 1999 Hatoum creó Map, una obra que indaga sobre los opuestos unidad-pluralidad (y por qué no mundialización-Estado Nación). Se trata de un  mapa creado a partir de canicas de cristal apoyadas sobre el suelo, en el cual se ven trazados los contornos de los continentes. Éste no cuenta con fronteras delimitadas, creando la ilusión de una continuidad entre territorios. Sin embargo, esta falta de límites se desvanece al acercarnos a la estructura y al apreciar que la totalidad está creada por múltiples bolitas que, más que crear un universal, crean contingencias. A su vez, la fragilidad inherente a la obra cuestiona los alcances de la mundialización: con el simple movimiento brusco de una de sus canicas, se desprenden diversas micro fronteras que redistribuyen el mapa y destruyen la ficción de unidad.

En principio, los mapas son construcciones cambiantes, que revelan en sus modificaciones los desplazamientos de las relaciones de poder internacionales. La existencia de representaciones cartográficas constituye un interrogante siempre abierto y en constante redefinición sobre las identidades nacionales. Mona acentúa esta indecisión, este lugar en constante movimiento, y lleva a replantearnos: si los mapas que ya hemos analizado presentan las fronteras y los límites en una violenta dislocación ¿Finalmente dónde es posible habitar? ¿Cómo resulta la experiencia en el linde?

El 11 de septiembre del 2001 funcionó, tal vez, como un punto de inflexión que permitió justificar aún más los avances de una extrema derecha enfocada en vigilar todos los ámbitos de la vida cotidiana. Este hecho alentó el choque de la cultura occidental con sus Otros arruinando las aspiraciones interculturales que alentaban el fin de las fronteras. Sobre todo, luego del 9/11, el reforzamiento de los pasos fronterizos fue una constante, mientras se acentuaban los mecanismos de control y vigilancia. Mona Hatoum desde sus primeras obras problematizó esta constante relación entre inmigración y control institucional.

En Roadworks (1985) la artista fue filmada caminando con un par de botas atadas a sus tobillos. Sus pies aparecen desnudos y vulnerables, a diferencia de los borcegos usadas tradicionalmente por la policía británica. Éstos están vacíos, sin embargo imitan sus pasos y la siguen de cerca. Su cuerpo parece cargar con el peso de actuar ante una vigilancia que es constante por más que no se encuentre explícitamente presente.

Si bien la obra fue realizada en las calles de Brixton (un barrio obrero ubicado en las afueras de Londres) a mediados de los 80s, abre el interrogante en el presente ante los aparatos de vigilancia, que ya no sólo se extienden a los organismos estatales sino también al poder de múltiples mega-compañías que controlan nuestra actividad online e investigan en lo profundo de nuestra, por qué no, “subjetividad” para lucrar con ella. Cabe preguntarnos cuán laxa es la frontera que separa nuestra privacidad del marketing digital y hasta dónde ya son personales nuestros gustos, deseos, costumbres y actividades.

En Corps étranger (1994), otra de sus obras, la cámara rompe toda barrera e ingresa a su organismo. El control por video da un paso más y la endoscopía se re-significa: lo que se vigila no es únicamente el accionar, sino el interior crudo y, de ahora en más, explícito. La frontera que divide el mundo-cuerpo (exterior) del cuerpo (interior) no tiene efecto y los alcances de dicha baja hacen tambalear la autonomía y libertad del individuo aclamada por el capitalismo liberal primermundista.

Ahora bien, el título (en español “Cuerpo Extraño”o “Extranjero” más literalmente) remite a un término médico que se refiere a los elementos no orgánicos que se alojan en el organismo y representan una amenaza debido a su toxicidad y al desconocimiento de las posibles reacciones que puedan desarrollar. Pero la misma palabra étranger ¿No remite a su vez al cuerpo, ahora sí, extranjero que si no es regulado es potencialmente peligroso para el “sano desarrollo”? ¿No es la infección producida luego de la herida colonial que occidente quiere combatir?

Sin el confort de una respuesta alentadora, la obra de Mona Hatoum (d)enuncia el mundo del sujeto lindero que muchas veces es difícil de soportar, pero que es necesario dilucidar.

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Danila Nieto

Danila Nieto

Colaboradora