Bolsas mortuorias y la precarización de la performance

El último sábado de febrero la performance irrumpió con fuerza en el perímetro de la Casa Rosada. Las bolsas mortuorias desplegadas en medio de la marcha opositora despertaron la bestia crítica del progresismo llamándola “inaudito” y “acto de barbarie”. La politóloga Maria Esperanza Casullo se despachó con un análisis político que todos tuvimos que salir a citar por lo afilado y pertinente. De su análisis la conclusión que me interesa es esta: la derecha afila y sofistica el discurso político (aunque no en la dirección que algunos querrían). Queda sin embargo pendiente el análisis estético, el que pueda revelar el contenido específico de la performance que la hace tan efectiva.

Muchos salieron a impugnar la simbología de los cadáveres amontonados, pero una rápida constatación nos muestra que no está ahí el problema, al nivel del símbolo mismo, sino en la semántica de ese símbolo. La FACC realizó una performance similar hace unos años repetida frente a los palacios de los tres poderes. Una a una un conjunto de mujeres se desnudaban y amontoban en una pila, simbolizando los cadaveres del “femicidio es genocidio”. El símbolo (montón de cadáveres) es el mismo pero la semántica es bien distinta: en una los cuerpos representan a las que ya mueren, en la otra a los que “deberían morir”. En una de esas performance los cuerpos son una denuncia, en el otro una amenaza.

Pero ambas performances no sólo comparten el símbolo sino la escenografía, los palacios del Estado. Esta similitud tiene un origen común, ambas performances funcionan catárticamente. En uno al visibilizar, lleva a la superficie una emoción existente y cuya expresión es reprimida en la sociedad patriarcal por acción del silencio y la normalización del femicidio. En la otra se visibiliza el hartazgo de una sociedad que vía la constante precarización y vulneración de las condiciones de vida se encuentra constantemente agredida por el sentimiento de amenaza de caer irremediablemente en la exclusión.

En esta última la política, los políticos son el fetiche, la manera permitida de nombrar este trauma agresor de la exclusión en Argentina. Se nombra a los políticos allí donde no se puede nombrar que el responsable del deterioro es la propia matriz productiva y de consumo. Se los nombra a los supuestos malos operarios de la máquina porque la aspiración no es desmontar la máquina en pos de un funcionamiento nuevo sino meramente formar parte de los beneficiados de ella. La fuerza catártica de ambas performances es objetiva incluso cuando operan por silogismos ideológicamente contrarios, lo que no se puede negar es que dan cauce a energías pulsionales presentes en la sociedad. Esta misma liberación pulsional es la que las valida como performances, la que las arranca de la invisibilidad.

Nombro estas dos performances no solo por algunas similitudes formales sino porque ambas son virtuosas en un sentido. En una época donde la performance parece perderse en un mar intrascendente de “inocentes” experiencias de indefinición política ellas expresan vigorosamente la fuerza que el arte puede tomar en la construcción de sentidos y sentimientos políticos (a nivel simbólico, sintáctico y semántico). La política no es necesariamente un imperativo del arte, no es esa mi creencia. Pero sí resulta evidente y urgente que existe un malestar generalizado: la precarización de la vida también llega a los performers, a los públicos de la performance y a los demás trabajadores del arte.

El silencio que la performance guarda sobre la precarización, incluso cuando dice hablar de ella, replica el silencio traumático que el cuerpo social guarda sobre la descomposición de la vida asalariada (en blanco o en negro, de los que venden su fuerza de trabajo como sea). Y replica la lógica del silencio mientras desaparecen en el negro de la exclusion social uno a uno los menos resguardados.

Cuando la precarización de la vida se cuela en todos los rincones, la inacción política en todas las escalas (partidarias o no partidarias) lleva a la desaparición de la vida artística e incluso de la vida. De las bolsas de cadáveres debemos aprender la extrema necesidad de praxis política del arte (no necesariamente de arte político)… A todo esto tenemos un FIBA hundido hasta el cuello en la intrascendencia y la precariedad.

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